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Serendipity

Serendipity: 28/04/2012

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cultura libre, geek es sexy

Breve guía para autodidactas: Dónde estudiar gratis y online

Internet es infinita, y a veces es un inmenso almacén lleno de paja donde es difícil encontrar la aguja que buscamos. Con buen ojo y un poco de suerte, es posible encontrar recursos valiosos para el autodidacta que llevamos dentro, para todas esas cosas que nos interesan pero no pudimos estudiar en la universidad, desde la mitología griega hasta el lenguaje de programación Java. Éstos son algunos de ellos:

Imagen de Christian Senger en Flickr, bajo Licencia CC BY-2.0

Imagen de Christian Senger en Flickr, bajo Licencia CC BY-2.0

P2PU: La Universidad P2P se basa en el mismo principio que el protocolo de transmisión de archivos P2P: es abierto y colaborativo, y cualquiera puede crear un curso sobre un tema que sienta que conoce lo suficiente, y someterlo a aprobación de la comunidad para dictarlo posteriormente. En P2PU se pueden tomar cursos sobre cómo escribir para la web (inglés), o diseño de páginas web básico (español), entre otros temas.

Massachussets Institute of Technology: El MIT ha puesto a disposición del público general los materiales de los cursos de diversos departamentos, desde arquitectura hasta ingeniería química. En la página del MIT los materiales pueden descargarse en inglés, pero Universia se dio a la tarea de traducirlos y también pueden encontrarse en castellano acá. En este caso, sólo se trata de los materiales y no contamos con asesoría de un profesor, pero aún así son recursos muy valiosos.

Englishtown: De las formas disponibles para aprender inglés online y gratuitamente, Englishtown sigue siendo mi favorita. Ofrecen clases hasta un nivel bastante avanzado, ejercicios de expresión oral, lectura, comprensión y escritura, tienen reconocimiento de voz y la interfaz es fluida y limpia. Si no quieren tener problemas con el reconocimiento de voz, necesitarán un micrófono de buena calidad. También tienen un excelente laboratorio de pronunciación interactivo.

iTunes U: iTunes U ofrece los materiales de audio de una cantidad innumerable de universidades alrededor de todo el mundo, de modo que podemos escuchar las clases como si hubiéramos asistido a ellas. Si buscamos clases en español, sólo tenemos que seleccionar universidades de habla hispana (las de México y España son excelentes opciones). Hay clases de tantos temas como puedan imaginarse. Necesitarán tener instalado iTunes para descargar las clases, pero no necesitan un iPod, pueden escuchar los podcasts desde su computadora o cualquier equipo de mp3.

YouTube EDU: A la gente le dicen YouTube y piensa en videos de gatitos intentando tocar el piano. Pero en YouTube crearon una completa sección con videos de conferencias y clases de diversas instituciones de educación primaria, secundaria y universitaria (Berkeley, Stanford y Plaza Sésamo tienen canales allí) llamada YouTube EDU. Podemos ver la guía del ateo para las elecciones presidenciales de 2012 en EEUU, de Penn Jillete (de Penn & Teller), ver una clase de Yale sobre principios y estrategias en Derecho Ambiental, tomar cuatro lecciones del MIT sobre Filosofía del Amor, o asistir a una noche con Ray Bradbury. Todo el material está en inglés, pero al menos los subtítulos en inglés pueden activarse y ayudan a orientarse un poco.

Coursera: He dejado mi favorito para el final. Coursera se propone “ofrecer cursos de alta calidad, de las mejores universidades, gratis para todos”. Lamentablemente, todos los cursos de Coursera están en inglés, pero actualmente ofrecen cursos de la Universidad de Michigan, Stanford, Princeton y Pennsylvania, en temas que van desde Introducción a la Lógica hasta Mitología Griega y Romana. Yo me inscribí en el de poesía americana moderna y contemporánea, y debo decir que el proyecto que impulsa Coursera me parece merecer una ovación. Ojalá algún día ofrezcan cursos en otros idiomas, o hagan alianzas con universidades en otros países.

Si conocen otros lugares o repositorios de recursos de aprendizaje en línea, o si tienen alguna experiencia que contar acerca de alguno de estos sitios, sería muy valioso que los dejaran en los comentarios.

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opinología

¿Cuántos minutos vale tu vida?: “El precio del mañana”

He leído algunos comentarios sobre la película El precio del mañana (In Time: 2010, Justin Timberlake y Amanda Seyfried), y por lo visto, el consenso general es considerarla una película cotufera, sin demasiadas pretensiones. A José Luis y a mí, por otra parte, nos dio al menos un rato de conversación. La historia ocurre en un mundo distópico (y a mí me encantan las historias distópicas) donde el tiempo es dinero, de la manera más literal. Cada persona lleva consigo un reloj que indica el saldo de su cuenta bancaria: el tiempo de vida que le queda. Una persona pobre vive al día: trabaja un día y gana uno o dos días más de vida, con las que tiene que pagar la comida, el alquiler, el autobús. Este reloj comienza a andar a los veinticinco años, momento a partir del cual cada persona tiene un año más de vida: puedes “ganar” tiempo, o llegar al final de la cuenta regresiva y morir de un ataque cardiaco. Los ricos, por otra parte, pueden vivir para siempre.

Uno de los afiches de "In Time"

Uno de los afiches de "In Time"

Como odio los spoilers, no les contaré el argumento de la película: pueden leerlo en Wikipedia. Pero, partiendo únicamente de la premisa que les acabo de contar, no creo que el mundo distópico de Andrew Niccol se diferencie demasiado del mundo real. Nuestra forma de ganar dinero es hipotecar nuestro tiempo de vida (nuestro recurso más escaso) para poder suplir nuestras necesidades básicas. El dinero es apenas un símbolo para ese intercambio.

Al salir del cine fuimos a comer, y llegamos a una conclusión sencilla, que es muy personal, pero que a nosotros nos sirve para (medio) entender el mundo: una forma de pensar en la pobreza es comparar el tiempo que nos toma ganar el dinero versus el tiempo que nos toma hacer algo que nos agrada con ese dinero. Hay, por supuesto, cosas maravillosas en la vida que son gratis. Pero, por ejemplo, si un libro me cuesta 200 bs., leer ese libro me toma dos horas, y ganar los doscientos bolívares me toma seis, siempre voy a pasar la mayor parte de mi tiempo en el trabajo.
Estoy consciente de que esto es simplificar demasiado. Aguanten conmigo un par de párrafos más, para que vean a dónde quiero llegar.

Los japoneses y la burbuja rota

Cuando las grandes empresas en Tokio debieron reducir su personal a raíz de la crisis económica, ocasionando la pérdida del empleo para miles de japoneses, todos vimos, al día siguiente, las escenas de los parques en Japón llenas de personas que lo habían perdido todo de un día para el otro, la gente viviendo en cibercafés porque no podían pagar un alquiler. ¿Qué ocurría? Estas personas vivían al día. Algunos ganaban buenos sueldos y mantenían un tren de vida relativamente alto, otros sobrellevaban con tranquilidad su clase media, pero sus autos, sus casas y hasta sus muebles eran alquilados, y por eso, al perder sus trabajos lo perdieron todo. No tenían ahorros, y dependían por completo de sus salarios. Su nivel de egreso y su nivel de ingreso daban como resultado un balance de cero. En consecuencia, eran como hámsters corriendo en una ruedita de plástico: si vives al día, sólo trabajas para poder pagar lo indispensable para poder ir a trabajar de nuevo al día siguiente, y estás (¿estamos?) atrapado en un ciclo vicioso del que es muy difícil escapar.

¿Cuántas horas vale ese par de zapatos?

Cuando voy a casa, suelo ver Discovery Home&Health con mi mamá. (Nos gusta ver No te lo pongas, Diez años menos y ese tipo de programas). En H&H hay un show llamado Niñas consentidas, que se trata de mujeres que tienen problemas porque gastan mucho más de lo que ganan. Uno de los principios más básicos que les enseñan (y que, sorprendentemente, parece resultarles un shock) es calcular cuántas horas de trabajo (con su sueldo actual) necesitarían para comprar esa cartera, ese par de zapatos o esos jeans. Si nunca han hecho el ejercicio, les invito: dividan su sueldo actual entre veintidós días, y luego entre el número de horas que trabajan al día. (Ésa no es la forma de calcular el sueldo por hora en la Ley del Trabajo, pero nos va a servir para obtener una cifra lo más realista posible). Luego, calculen cuántas horas de su vida les costó el último par de zapatos que se compraron, o la laptop, o su celular. Para alguien con problemas de compra compulsiva, puede tener mucho sentido sopesar si desea tanto ese par de zapatos como para trabajar cuatro días por ellos.

Un concepto interesante que suelo ligar con esto, es el de costo por uso. Muchas personas que conozco (la mayoría mujeres, supongo que por el bombardeo publicitario) tenemos problemas de acumulación de objetos: somos hoarders en potencia, hoarders de ropa, zapatos y productos de higiene y belleza. De modo que hagan esto: la próxima vez que quieran comprar un objeto cualquiera, calculen cuántas veces podrán usarlo (teniendo en cuenta su calidad, su utilidad, si les sirve para la vida diaria o si es de lujo) y dividan su costo entre ese número de veces. La cifra resultante, es el costo que tiene ese objeto cada vez que lo usan. Siguiendo este principio, por ejemplo, un refrigerador, que cuesta un montón de dinero, no es algo caro, porque lo usarán todos los días por muchos años y ese costo se distribuirá a lo largo de ese tiempo. Un abrigo de diseñador, por otra parte, es caro; pero es mucho más caro si viven en un clima de verano y lo van a usar dos veces al año.

Una vez habiendo comprendido el valor en horas de un objeto, y su costo por uso, podemos apreciar en perspectiva el hecho de que cada objeto que compramos ocupa un espacio en nuestras vidas (el tiempo que ocupamos lavando, planchando, doblando y guardando una prenda de ropa, por ejemplo) y llega el momento en que sólo querremos tener en nuestras vidas aquellos objetos cuyo valor intrínseco lo amerite (cuya utilidad o belleza haga mejores nuestras vidas de algún modo).

Cómo se mide el valor de nuestro trabajo

Aquí voy con un concepto de libro de autoayuda: la retribución económica que nos otorgue nuestro trabajo no debería ser el único valor o beneficio que obtengamos de él. Pero voy a soportar esta conclusión con el argumento más prosaico que existe: si la ganancia económica de nuestras horas de trabajo es tan baja, por ejemplo, que nos tomaría doscientas horas comprarnos un iPad, nuestras vidas deberían mejorar si aumentamos el valor de esas horas. Pero este aumento no tiene que ser en dinero.

A pesar de que mi sueldo es decente, cubre mis necesidades y no debería ser motivo de queja, lo cierto es que con la inflación que hay, no me alcanza para hacer otras cosas que quisiera, como viajar, o tener una casa propia, o comprar ropa nueva con frecuencia (sí, soy jevita). Sin embargo, la percepción en mi mente me dice que mi sueldo es más alto de lo que realmente es, y esto tiene sentido porque mi trabajo me gusta, mi equipo está compuesto de personas agradables, mi jefe es comprensivo y voy a trabajar con alegría, con la percepción (¿incorrecta?) de que la remuneración que obtengo es mayor que el quince y último que me pagan.

Supongo que no todos tenemos esa suerte. Sin embargo, al menos a mí, que solía ser una amargada prematura y una malcriada insoportable, adquirir la perspectiva de esta filosofía barata de la vida me ha ayudado a ser una persona más centrada y con mayor sensación de control sobre mi vida, sobre el uso de mis horas y también sobre mi actitud ante las compras compulsivas y la acumulación de objetos.

Tengo otras filosofías baratas que me ayudan a enfrentar la vida. Si quieres leer más sobre esto, puedes suscribirte a mi blog por RSS o por correo electrónico. También, si tienes Twitter, puedes seguirme: hablo de libros, películas, peleas cotidianas y cosas similares bajo el usuario @mariannedh.

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Serendipity

Serendipity: 21/04/2012

Los enlaces de la semana:

Si me sigues en Twitter, seguramente ya has visto algunos de estos enlaces. Allá voy publicando lo que me gusta a lo largo de la semana. Puedes seguirme: soy @mariannedh.

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mis placeres culposos, qué cosas ¿no?, top jevita, what is life without whimsical?

Top Jevita: Mis 10 videos de belleza favoritos en YouTube

Advertencia: Éste es un post jevita. Si te parece lo más aburrido del mundo que alguien te enseñe cómo convertir una camisa de hombre en un vestido, por favor, regresa el sábado, cuando tendremos Serendipity. ¡Gracias por tu paciencia!

Ando en una onda de autoaceptación de todas las partes de mí misma (son unas cuantas) y por eso, a partir de hoy, un jueves de cada mes estará dedicado a la frivolidad. A lo superficial, a lo banal, al fast food cultural y a todas las cosas que tradicionalmente le han sido asignadas al género femenino por la sociedad occidental. El color rosa, el maquillaje, los tacones y las chick flicks. Como parte de mi ejercicio de libertad personal, creo que elegir conscientemente estas cosas me hace también libre. La sección se llama Top Jevita y éste es el primer post.

Todos tenemos nuestros placeres culposos. Uno de los míos es ver videos de belleza en YouTube. Hay tutoriales de todo lo que se puedan imaginar, y es como un vórtex que te succiona el alma y el tiempo. Sin embargo, a través de esos videos he aprendido algunas cosas interesantes y muy útiles, como que ser mujer puede ser muy divertido. Acá, mis diez favoritos, con los consejos más esenciales que puede necesitar una jevita.

Foto de Sophe89, bajo licencia CC BY-ND 2.0 en Flickr

Si tienes mucho tiempo libre, puedes ver la lista completa en YouTube (dura 49:50 minutos). También, si conoces videos con tips que quieras compartir, me gustaría mucho que los dejaras en los comentarios.

 

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hablando seriamente, opinología

Tú me quieres virgen, tú me quieres santa, tú me tienes harta

El lunes publiqué un post que no me hizo precisamente popular, por comenzar hablando de que fui a ver una biopic sobre Margaret Thatcher, que es un personaje odiado por sus decisiones como líder del Reino Unido. De pronto estaría bien insertar acá un párrafo que explique el hecho de que soy de izquierda, que no puedo simpatizar en un nivel personal con alguien que ordena el hundimiento de un barco lleno de gente, y que apoyaba, por ejemplo, la pena de muerte, una cosa que me parece aberrante, pero la verdad es que no me da la gana de hablar de eso, que aquel post no trataba sobre eso, y éste tampoco.

La misma gente que me acusa de relativizar, detestó la película porque no trata sobre la política interior y exterior que adoptó Thatcher, sino sobre otra cosa muy distinta, sobre el poder y la pérdida, sobre la pérdida del poder político, del dominio propio, de la memoria, de los seres queridos. Pero yo soy simplemente una mala escritora, y no me interesa la Humanidad con mayúsculas, sino la gente. En ese mismo post usé como ejemplo a otra mujer que me cae terriblemente mal, María Corina Machado, y la usé como ejemplo porque, aunque no haya una sola de sus ideas con la que yo simpatice, me molesta que su forma de vestir sea considerada relevante en relación con su actuación política, igual que la de cualquier mujer en la política, incluso en medios “serios” como el NY Times.

Éstas son las cosas que a mí me preocupan. Si quieren leer sobre política exterior, Internet es ancho y largo. A mí acá no me interesa hablar sobre por qué no considero que tenga sentido luchar por recuperar la mal llamada “zona en reclamación”. A mí me interesa la gente, concreta, específica e individualizada.

Por otra parte, a riesgo de que, por enésima vez, me vuelvan a decir relativista, mi único extremismo es mi intolerancia hacia los extremistas. No soporto a la gente que se piensa poseedora de verdades absolutas, dueña de la moral universal, jueces supremos de las vidas ajenas. Este blog es mi casa: compré el terreno y construí las paredes. En esta casa creemos en el libre pensamiento y en la libertad de expresión, y todos están invitados a pasar a tomar café, pero si vienes a ofender a la dueña de la casa, tienes que estar preparado para salir con una taza en la cabeza.

Abajo los sistemas, arriba las putas.

María Magdalena, versión Mónica Bellucci.

María Magdalena, versión Mónica Bellucci.

En las últimas semanas tuve ocasión de debatir con varios amigos sobre el uso de la palabra “puta”. A algunas de mis amigas les molesta, por razones obvias. “Puta” es la mujer que cobra por prestar servicios sexuales, pero también es “puta” la que no cumple los parámetros, la que usa una falda demasiado corta, un escote demasiado pronunciado, la que no llega virgen al matrimonio, y también la amante, la que anda con hombres casados, la que se enamora de alguien mucho mayor que ella, la madre soltera: todas putas, caídas en desgracia en la dicotomía tradicional de María Inmaculada versus María Magdalena.

A veces me parece que todos los días hago esta pregunta de distintas maneras: ¿por qué llamamos puta a la mujer que odiamos, pero el hombre que odiamos es un hijo de puta? ¿Por qué extrapolamos nuestros juicios hacia una mujer siempre hasta su vida sexual? Mejor aún, ¿por qué los valores que se consideran positivos en una mujer -la sumisión, la obediencia, el silencio, la suavidad- son negativos en un hombre, y viceversa?

Hombres cercanos, a los que aprecio y respeto, han expresado sus prejuicios hacia las mujeres con implantes. Otros, y otras, critican a las mujeres que se visten con poca ropa, que se tiñen el pelo de un color muy llamativo, o que llevan un labial demasiado vistoso. La conclusión que obtengo de este desprecio, es que la mujer no es considerada dueña de su cuerpo. Como decía en el post anterior, el cuerpo del hombre le pertenece, pero el cuerpo de la mujer pertenece al colectivo, a la sociedad: debe mantenerlo agradable para otros, debe tolerar las expresiones obscenas en la calle, debe considerar a la sociedad en sus decisiones sobre lo que elige hacer con su cuerpo.

Sería conveniente recordar que hasta hace muy poco, en ciertos países, y todavía en otros, la violación es considerada un delito contra el honor, y no contra la integridad de la persona, y el honor es un concepto social, es decir, algo que sólo puede poseerse frente a los otros. Las putas no tenían honor, y por tanto, la violación a una prostituta no era delito. (Algunos países que se creen civilizados aún conservan vestigios de estas legislaciones, y el deshonor de una mujer, e.g., si no es virgen, puede considerarse un atenuante). En otros países se considera aún que el honor que se lesiona es el de la familia o el de la comunidad, y de allí que se resuelva mediante la aplicación de la ley del talión, o que en ocasiones se considere que la infractora es la propia mujer (por cuya causa el honor de la familia se ha perdido). El hecho de que la mujer pueda “restaurar” su honor casándose con su violador, por ejemplo, es una muestra de que su honor no le pertenece, sino que pertenece al colectivo. Adán fue hecho a imagen y semejanza de Dios, del barro originario; Eva fue hecha de la costilla de Adán. No puede pertenecerse, porque no es más que una parte del cuerpo del hombre, hecha de éste y para éste, para suplir sus necesidades. Del mismo modo, una mujer occidental no es dueña de su cuerpo para alterarlo, para vestirlo como le parezca, para engordar si eso desea, para operarlo, tatuarlo, teñirlo; para entregarlo a quien elija en el acto sexual, ni para elegir no tener hijos o abortar. En algunos casos puede tomar estas decisiones y enfrentarse al juicio de la sociedad; en otros, estas decisiones no están siquiera en el ámbito de sus posibilidades. La mujer no se pertenece, es propiedad del hombre, de su familia o de su sociedad, y aún hoy en día sigue siendo así.

Ni sumisa ni devota; te quiero libre, linda y loca

"Puta" no es una apariencia, es una actitud. Y aunque disfrutes el sexo por placer o por trabajo, no es nunca una invitación a la violencia. Reclama la palabra "puta".

"Puta" no es una apariencia, es una actitud. Y aunque disfrutes el sexo por placer o por trabajo, no es nunca una invitación a la violencia. Reclama la palabra "puta".

El título y los subtítulos de este post provienen de grafittis hechos por el colectivo boliviano Mujeres Creando. En muchos de sus grafittis y en algunas de sus intervenciones artísticas, se aborda la apropiación de la palabra puta. En una exposición, por ejemplo, se exhibieron las fotografías que se tomaba a las prostitutas cuando se les procesaba policialmente, la típica fotografía con el letrero delante del pecho, con la salvedad de que se les ponía un pañuelo de determinado color en la cabeza. Este pañuelo representaba el estigma, el equivalente de la letra escarlata, la marca con la que se distingue a la puta del resto de la sociedad.

A lo mejor a mucha gente no le parece gran vaina, pero estoy cansada de ver a mujeres denigrar a otras mujeres llamándoles putas. Yael ya escribió sobre esto, y me parece que hay mucho de cierto en lo que dijo. Pienso que descalificamos a otras mujeres llamándoles putas, porque trasgreden los límites que la sociedad ha fijado para todas nosotras, y que nosotras no “podemos” traspasar. Y sí, pienso que hay mucho de frustración en ello, y también de hipocresía.

En “El estigma de la prostitución“, Cristina Garaizabal dice:

No en vano aún es muy mayoritario llamar “puta”, de manera insultante, a aquellas mujeres que manifiestan comportamientos sexuales “incorrectos” desde el punto de vista de la moral dominante o que simplemente se atreven a desafiar la situación de subordinación en la que nos encontramos (de hecho, en los primeros momentos del movimiento feminista, había gente que consideraba que las feministas éramos todas unas putas). (…)

¿Qué ocurre si nos apropiamos el término, si no permitimos que otros nos denigren descalificándonos con este término, si dejamos de considerarlo denigrante? ¿Qué ocurre si asumimos que las decisiones que tomamos son sólo nuestras, que nuestros cuerpos son sólo nuestros, que nuestras mentes son sólo nuestras?
Varias personas me reprocharon mi “desafortunada elección” de hablar de Margaret Thatcher en un artículo sobre el feminismo. Me dicen, y comprendo sus posturas, que debí elegir a un ícono positivo, alguien que hubiera aportado cosas al mundo, a Marie Curie o a Teresa de Calcuta. Podría decirles simplemente que no “elegí” a Margaret Thatcher, que sólo vi una película de Hollywood y me puse a pensar cosas que vine luego a escribir en mi blog, y da la casualidad de que ésa era la película. Pero me puse a pensar un poco más, y resulta que sí estoy satisfecha con esa elección inconsciente, porque me resulta profundamente simbólica para representar algo en lo que creo. Luego de escribir ese artículo, un amigo me dijo que los cien inventos más importantes de la Humanidad eran todos hechos por hombres, y que por culpa del machismo quién sabe qué inventos nos habríamos perdido: la cura contra el cáncer, por ejemplo. Y yo pensé, o una bomba más fuerte que la atómica, por ejemplo. Porque no entiendo cuál es la necesidad de la sociedad de justificar la igualdad “concedida” a la mujer, pidiéndole a ésta que aporte cosas positivas a la Humanidad, que sea noble, abnegada, brillante, buena madre, esposa, hija, de principios morales intachables y con visión de futuro. El hombre nace con las prerrogativas que le otorga su sexo; la mujer debe hacer méritos para acceder a ellas, y si no cumple con los parámetros que la sociedad le impone, estas prerrogativas le son retiradas: la igualdad de Margaret Thatcher o de Diosa Canales no son temas para ser discutidos, porque sus trasgresiones rebasaron el límite donde merecían un trato igual al de un hombre. En consecuencia, no se les juzga de acuerdo a las leyes de sus países, no se les procesa penalmente si es que existen infracciones, sino que se les considera perras, putas. Se han apropiado de sus cuerpos, y de sus vidas, para dedicarlos a objetivos distintos de los que la sociedad les ha asignado, y ante la disyuntiva al tener que clasificarlas como Marías Inmaculadas o Marías Magdalenas, la sociedad, confundida, las marca con una P escarlata. Hablemos de la igualdad de Cristina Fernández, siempre y cuando se vista bien y se maquille. Hablemos de la igualdad de Lady Di, que era una dama… hasta que se consiguió un amante, ahí ya no nos sirve como modelo a seguir.

No puedo ser la mujer de tu vida, porque ya soy la mujer de la mía

Los niños son el futuro, ¿no?

Los niños son el futuro, ¿no?

Ahora bien ¿qué ocurre si todos nos terminamos de dar cuenta de que no tenemos que vivir nuestras vidas en los términos de los demás? Mejor todavía, ¿qué ocurre si todos nos terminamos de dar cuenta de que los demás no tienen por qué vivir sus vidas en nuestros términos?

Quizás la gente no deje de juzgarme cada vez que me pongo una falda demasiado corta. Quizás los hombres en la calle sigan creyendo que eso les da derecho de decirme obscenidades, quizás la gente siga pensando que una mujer que ha sido violada se lo buscó por andar en la calle hasta muy tarde o vestirse provocativamente. Sin embargo, algunas de nosotras tenemos la posibilidad de ignorar esas voces, de salirnos con la nuestra aún a costa de algunos malos ratos, de forzar a los demás a quitar sus cercas de nuestro campo: si los ignoramos lo suficiente, tendrán que irse, y quizás valga la pena hacerlo, por todas esas mujeres a quienes aún se les dice que no valen, que deben cubrirse porque el pecado ajeno lo causan sus rostros y sus cuerpos, que no deben hacer ruido al caminar, ni hablar cuando hay hombres presentes. Por todas esas niñas a las que sus propias madres les compran pequeñas aspiradoras rosadas, pero también por todos esos niños a los que les compran pequeñas ametralladoras y se les dice que no jueguen con muñecas.
Por todos ellos, podríamos intentar vivir nuestras vidas en nuestros propios términos. Quizás valga la pena.

Si te leíste todo este artículo, que tiene casi seis páginas, quizás te interese el tema del machismo. Podrías ver el comercial que hizo que dejara de comer Snickers, o leer sobre las vallas machistas del Gobierno de Carabobo, o visitar mi álbum de publicidad machista en Google+ (no necesitas cuenta para verlo).

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enlazar es bueno, Serendipity

Serendipity: 14/04/2012

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