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Esta terrible sensación de asfixia

asfixia venn diagram

Le compro mis huevos a un vendedor callejero. No siempre es el mismo, pero podría serlo: un puesto precario en la acera, en una esquina cualquiera de una zona residencial, sin horarios ni estabilidad, sin garantías para ninguna de las partes de la transacción: yo no sé si volveré a encontrarlo la próxima semana, él no sabe si encontrará clientes ese día o si un motorizado se llevará su puesto a doscientos por hora sin mirar hacia atrás. Los huevos parecen una mercancía frágil, pero no lo son más que las inestables relaciones sociales construidas con base en esta estructura social y económica artificial. La subsistencia del vendedor de huevos depende de la volatilidad de las medidas políticas tomadas por un gobierno veleidoso: si podrá vender sus huevos a un supermercado o en la calle, o si vendrá la Guardia Nacional y se los llevará todos como mercancía ilegal, nada de eso está en sus manos.

Vivir en Venezuela es navegar un extraño diagrama de Venn. El sistema legal, complejo, enrevesado, se compone de lo lógico y de lo ilógico -no matarás, no robarás, no harás públicos los precios del dólar en el mercado negro-, pero la obediencia a estas normas varía según la voluntad de quien esté de turno en el mando: es difícil saber qué te llevará a la cárcel, si matar a veinte personas o revender un kilo de harina. Un segundo conjunto de reglas no escritas rige la realidad: si no aprovechas las oportunidades que se te ofrecen eres un bobo, si no le ofreces un soborno al fiscal de tránsito te arriesgas a enfrentar su ira: todos saben cómo funciona el mundo, y este segundo conjunto de reglas es el espacio en el cual debes aprender a navegar: lo que es posible.

Es legal comprar tus dólares al gobierno a la tasa oficial, pero no es posible. Es posible comprarlos en el mercado negro a un precio absurdo, pero no es legal. Legal es hacer mercado a precios regulados, y conseguir harina, leche, huevos y aceite por menos de un día de salario mínimo. Pero lo que es posible es comprarlos a revendedores, a más de veinte veces el precio establecido por el gobierno. Intentar permanecer en la intersección de ese diagrama equivale a una nevera vacía, fiebre que no puede ser bajada, trámites que no pueden llevarse a cabo.

Ése es el lugar de donde proviene esta constante, terrible sensación de asfixia: de intentar vivir en la intersección de ese diagrama, de que mis opciones de juego disponibles consistan sólo de lo que es al mismo tiempo legal y posible, de tratar de permanecer dentro de un espacio que cada vez va reduciéndose más y más, a medida que los círculos se alejan y el sistema se cierra sobre mí, sobre todos los que, como yo, intentan preservar un mínimo de dignidad, un mínimo de ética.

A medida que el espacio se cierra, la necesidad de sobrevivir nos obliga a aventurarnos cada vez más en el espacio de lo posible. Es así como los controles excesivos originan mercados negros, culturas enteras de ilegalidad. Pero para un individuo, no se trata de mercados negros, sino de claudicaciones: vivir en Venezuela es una renuncia constante, y la renuncia última es a la noción de lo que es correcto, de lo que es ético, de lo que está bien.

En mi opinión, no es la esperanza lo último que se pierde: es el norte moral.

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8 estrategias para lidiar con el acoso cibernético

acoso cibernético

El simple gesto de expresar tus opiniones en línea, en especial si eres mujer, puede convertirse en un acto de heroísmo. La suma de pequeños actos, como comentarios amenazantes o insultantes, o su continuada insistencia hasta convertirse en esquemas mayores, como la revelación de datos personales, tu dirección o tu número de teléfono privado, puede poner en peligro tu seguridad física, psicológica y emocional. Dependiendo de la configuración de las amenazas que encuentres en tu vida en línea, hay diferentes maneras de lidiar con un acosador casual o continuo. Ésta es una lista de algunas opciones disponibles:

1. Ignorar: En muchas ocasiones, el troll o acosador sólo está buscando atención. Involucrarse en una discusión con él o ella puede que sólo avive el fuego y reactive sus ganas de continuar molestando. Esto es particularmente cierto cuando su patrón de actuación consiste mayormente de hacer preguntas, incitar una “discusión” y reclamar o criticar cuando la persona acosada no quiere “debatir”. En estas ocasiones, no hacer nada puede ser la mejor defensa.

2. Reportar: ya sea a las autoridades o a la compañía o red social donde se está llevando a cabo el acoso. Si a pesar de haber transcurrido algún tiempo, la persona continúa insistiendo, o si los comentarios pasan a amenazas, puede ser conveniente reportarlos a la red social o a la policía, dependiendo de tu situación concreta. Para esto, compañías como Twitter y Facebook tienen formularios y procedimientos establecidos. Esto probablemente lleve a la suspensión de su cuenta. En caso de reportar a la policía, en aquellos casos donde es una posibilidad, lo que obtendrás será una orden de restricción. Esto sirve para establecer precedentes en caso de que la persona aún así decida seguir molestándote. Para esto es importante mantener una documentación de los sucesos (capturas de pantalla, nombres y URLs de usuario, etcétera), pues te harán falta durante estos procedimientos.

3. Exponer: Si el patrón de conducta del acosador busca aislarte para hacerte sentir vulnerable, en ocasiones exponerlo puede hacer visible que posees una red de apoyo. Es el caso, por ejemplo, de retuitear un comentario agresivo, sin llamar a tus seguidores a la acción. Puede significar visibilizar al acosador, lo que puede tener un efecto positivo o negativo, puesto que si lo que buscaba era atención, se la estarías brindando. Hay que evaluar las consecuencias antes de decidir hacerlo.

4. Bloquear o filtrar: En muchas ocasiones lo más fácil, en especial cuando se trata de uno o pocos acosadores aislados, es bloquearlos y olvidarnos de ellos. Eso evita que puedan seguir introduciendo ruido en tu vida, y les quita su poder sobre ti. No obstante, cuando se trata de un gran enjambre de usuarios, puede traer un efecto de alborotar un avispero.

5. Buscar apoyo: Un paso más allá de exponer, llamar a tu ejército para la batalla puede tener efectos mezclados. Pedirle a tus seguidores que se unan en tu defensa tiene la particularidad de que resultará difícil controlar sus acciones. Es necesario tener esto en cuenta a la hora de decidir hacerlo, y evaluar qué tanto puedes confiar en que sepan manejar la circunstancia.

6. Elige el anonimato: En algunos casos, cuando el ambiente es demasiado hostil y puede traer consecuencias verdaderamente graves para tu seguridad, puede ser mejor elegir llevar a cabo ciertas acciones de manera anónima o bajo seudónimo. Es importante ponderar si estás en la capacidad de mantener tu anonimato blindado -no revelar tu identidad a nadie y preservar tus prácticas de seguridad digital-, puesto que no es suficiente con simplemente crear un usuario bajo diferente nombre. El verdadero anonimato requiere de muchas medidas de seguridad y sólo puede protegerte hasta cierto punto.

7. Rendirte: Puede sonar extraño que esto esté listado como una estrategia, pero es necesario tener siempre en cuenta que rendirte o renunciar a las redes sociales es una opción válida, en especial si éstas están dañando tu salud mental o tu bienestar o están poniendo en riesgo tu seguridad o la de tu familia. Es importante tener la capacidad de poner las cosas en perspectiva, priorizar y tomar las decisiones que sean necesarias para tu preservación.

8. Separar lo público de lo privado: Si tu principal preocupación es tu familia y tus amigos, y cómo tus actividades podrían perjudicarles, separar tus esferas en línea puede ser de mucha utilidad. Esto significa, por ejemplo, tener un perfil de Facebook sólo para tu vida privada, donde no aceptes a personas de trabajo o contactos profesionales, y de este modo, éste se convierte en un lugar seguro donde puedes ir a descansar del resto de las cosas. Esta estrategia puede ser particularmente difícil, puesto que en nuestro mundo contemporáneo, trazar esa línea que separa, por ejemplo, a tus amigos de tus colegas se convierte cada vez más en una tarea imposible.

Por último, aunque esto no es una suerte de guía definitiva, es importante tener en cuenta que diferentes situaciones y amenazas exigen diferentes respuestas, o combinaciones de ellas. Lo más importante es que evalúes cuál es la situación en la que te encuentras, identifiques tus vulnerabilidades y desarrolles una estrategia para afrontarlas.

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Polarización y redes sociales: ¿romperías tu propia burbuja?

Foto de Makena Zayle Gadient bajo licencia CC BY NC ND 2.0.

Foto de Makena Zayle Gadient bajo licencia CC BY NC ND 2.0.

Este post es una versión de un texto publicado originalmente en inglés. No es una traducción fidedigna; me he tomado ciertas libertades.

Me he encontrado alejándome de las redes sociales en los últimos meses. La gente empieza a preguntarme dónde estoy, o si algo anda mal. Nada en particular ha sucedido; simplemente mi timeline, con su piar incesante sobre la situación venezolana, me quita las ganas.

Me encuentro una y otra vez abriendo la aplicación y cerrándola apenas segundos despues, malhumorada por la conversación que esté sucediendo. Instalé BreakFree en el teléfono: dice que he desbloqueado el celular menos de 10 veces al día durante la semana pasada.

Un par de semanas atrás, instalé una nueva aplicación para Twitter y empecé a silenciar varias palabras clave (“Venezuela”, por supuesto, pero también “Maduro”, “Diosdado”, y especialmente “SEBIN”). Se siente un poco como una traición, una claudicación, pero lo cierto es que estoy aprendiendo a dejar ir. Hay muy poco que pueda hacer con respecto a la situación del país. Una vez que lo he hecho, no tiene demasiado sentido dejarla vivir en mi cabeza sin pagar alquiler.

Ahora bien, empiezo este post con esa pieza inútil de información porque de no hacerlo sería un escrito sumamente hipócrita. He dedicado tiempo a defender las libertades digitales por unos cuantos años, y uno de mis principales argumentos para ello yace en el vasto potencial de Internet para permitirle a las personas acceder a cualquier fragmento de conocimiento, en cualquier momento, en cualquier lugar. El conocimiento es poder.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido que mi Internet y tu Internet probablemente no son la misma cosa. Esto sin entrar en consideraciones sobre zero-rating, páginas bloqueadas y una larga lista de etcéteras, simplemente aceptando un par de hechos: primero, que una amplia cantidad de nuestras actividades en línea es llevada a cabo a través de redes sociales, y que no hay dos usuarios con el mismo conjunto exacto de redes sociales (redes, en este sentido, entendido como conexiones entre personas, no como plataformas). No visitamos los mismos sitios, no leemos los mismos tweets, ni siquiera vemos los mismos gifs de gatos.

GIF de gatos gratuito.

GIF de gatos gratuito.

En segundo lugar, y esto se vuelve más y más omnipresente a medida que pasa el tiempo, no tenemos completo control sobre la información que vemos en Internet. Mucho de esto se ve determinado por lo que Google, Facebook o Twitter creen relevante a nuestros intereses, nuestras decisiones previas, nuestras compras, actividad, y las cosas que les hemos dicho que nos gustan.

Ambos fenómenos han sido estudiados ampliamente, no estoy precisamente descubriendo el agua tibia. En el primer caso, hablamos de homofilia, la tendencia de los individuos a asociarse y crear lazos con otras personas similares. Del mismo modo en que tendemos a hacernos amigos de gente que comparte una visión del mundo similar o compatible a la nuestra, tendemos a seguir y a leer a personas similares. En un nivel muy básico, tiene poco sentido seguir a personas cuyos puntos de vista nos ofenden o nos molestan. Si lo hacemos, es con la intención de burlarnos y ridiculizar sus opiniones, y es llamado hate-following.

Se ha dicho que la homofilia contribuye a la tolerancia y la cooperación ((Mark, N. P. (2003). “Culture and competition: Homophily and distancing explanations for cultural niches”. American Sociological Review 68: 319–345. doi:10.2307/1519727)). Sin embargo, deberíamos tener en cuenta que la tolerancia es significativamente más fácil cuando estamos rodeados de personas que son similares a nosotros mismos, y que no es suficiente tener un nivel alto de tolerancia para crear diversidad social. Esto, maravillosamente ilustrado por Vi Hart y Nicky Case en su post interactivo, jugable Parábola de los Polígonos -el cual sugiero que vayas a jugar ahora mismo, sin continuar leyendo esto- significa que incluso nuestra inercia puede contribuir a una sociedad dañina, porque los pequeños sesgos individuales pueden llevar a un gran sesgo colectivo.

Cuando nos rodeamos sólo de gente similar a nosotros, nuestras opiniones son validadas de una manera sutil y constante, una y otra vez, hasta que dejamos de considerar válidos y merecedores de nuestra atención a otros puntos de vista, porque nuestra imagen de la sociedad y la manera en la que está distribuida se deforma por esta validación: comenzamos a pensar que nuestra opinión es la dominante, y por tanto la correcta, y comenzamos a tomar las opiniones diferentes como un chiste, algo que se puede desechar rápidamente sin darle mayor consideración.

Lo que sucede, entonces, es que el diálogo verdadero muere antes de nacer. Lo que pensamos es una discusión no es nada más que un saludo a la bandera, un rito sin contenido. No confrontamos nuevas ideas, no retamos nuestras presunciones, y como resultado, es imposible alcanzar ningún tipo de progreso o crecimiento: en su lugar, nos aislamos y nos alejamos más y más hacia los extremos de nuestras nociones preconcebidas.

Al mismo tiempo, la tecnología está “ayudando” a profundizar este abismo. Los resultados que obtienes cuando le preguntas algo a Google están hechos a la medida de tus gustos, a la medida del concepto global que Google tiene de ti como individuo: de dónde eres, quiénes son tus amigos. Tu identidad online te ha encerrado en una caja, y con cada búsqueda que haces en Google esa caja se hace más nítida, se cierra más y más en torno a ti.

Mientras tanto, a medida que dejas de ejercitar tu capacidad para el pensamiento crítico, ésta se debilita más y más. Cuando deje de funcionar, estarás atrapado dentro de tus presunciones, tus prejuicios y tu sesgo. Esto no hará tus ideas más fuertes, sin embargo: como todo lo que está hueco y es poco profundo, las burbujas se rompen con facilidad.

Es difícil escapar de tu burbuja de contenido, pero sólo porque hace nuestras vidas más cómodas. Usar DuckDuckGo en vez de Google puede significar que necesites redactar tus preguntas con mayor cuidado, porque DuckDuckGo no puede leerte la mente: no te conoce. Seguir a gente que tenga opiniones y valores muy distintos a los tuyos puede dejarte un poco fatigado, en especial luego de haber pasado tanto tiempo en tu pequeña y cómoda esquina del Internet.

Sin embargo, pienso que fortalecer mis ideas, mi capacidad para detectar falacias lógicas, y mi flexibilidad para evolucionar y crecer vale ese esfuerzo. Como dice el proverbio, la fuerza del bambú yace en su capacidad de doblarse sin romperse.

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¿Es necesario regular las redes sociales?

Imagen: Collage of Digital (Social) Networks, por Tanja Capell, bajo licencia CC BY SA 2.0

Imagen: Collage of Digital (Social) Networks, por Tanja Capell, bajo licencia CC BY SA 2.0

Un día cualquiera, en un país ficticio que llamaremos Arstotzka, se cometió un homicidio en una plaza pública. En respuesta al horror y al rechazo de la población, el Presidente decidió promulgar una ley restringiendo el libre tránsito de los ciudadanos por las plazas públicas, al considerar que la ausencia de regulaciones específicas respecto al uso y comportamiento de las personas en las plazas públicas era el origen de este espantoso, injustificable crimen.

Entre tanto, la persona que -presuntamente- había cometido el delito, había sido detenida por homicidio y puesta a la orden de las autoridades competentes, de acuerdo con lo contemplado en el Código Penal de Arstotzka, vigente desde hace más de sesenta años.

En días pasados, tanto la Fiscal General de la República como el presidente Nicolás Maduro han expresado su opinión con respecto a lo que denominan la “necesidad” de regular el uso de las redes sociales, declaraciones que tienen su origen en la presunta actuación de una ciudadana que habría recibido dinero a cambio de difundir falsamente en redes sociales el inexistente secuestro de su hijo. El uso de las redes sociales, según la fiscal general, para “generar zozobra” y “lanzar campañas de desprestigio” contra el gobierno debe ser contenido. Se utilizan los términos “guerra sucia” y “campaña psicológica” para expresar el supuesto peligro que las redes sociales representan para la llamada “paz pública”.

No decimos IRL, decimos AFK

Con frecuencia, la creación de nuevas normativas para el ámbito digital pasa por la consideración de que este entorno constituye un mundo distinto, separado de la vida “real” y que por tanto, de alguna manera escapa a la regulación ordinaria. Si bien existen aspectos y conductas específicas en las que se hace cada vez más difícil aplicar por analogía leyes preexistentes (digamos por ejemplo, el acceso indebido a la información privada de otra persona sin su autorización de manera remota), en la gran mayoría de los casos la conducta considerada ilícita no sufre ninguna variación porque en su comisión se haya utilizado Internet.

Es un principio reconocido internacionalmente que los derechos que tenemos offline son los mismos derechos que tenemos online. En consecuencia, en la gran mayoría de los casos la creación de legislación nueva, específica al ámbito digital, es un desperdicio de tiempo y dinero, cuando bastaría con aplicar las leyes que ya existen para los mismos casos. Esto, no obstante, también significa que las limitaciones a la actuación del Estado -por ejemplo, las limitaciones a restricciones a la libertad de expresión, que han sido establecidas hace muchos años- aplican de manera idéntica a las actuaciones del Estado en Internet.

En específico, en el caso de los llamados “delitos de opinión” (también denominados, en un giro poético que confieso mi favorito, “delitos de la palabra”), la conducta penalizada no reviste en absoluto ninguna particularidad como consecuencia de haberse cometido a través de redes sociales. Las conductas cuya penalización se busca a través de este tipo de proyectos son, por excelencia, delitos de palabra. No hablamos de irrupción indebida en cuentas bancarias ni de toma de control ilegítima de la identidad de otra persona; para esos casos ya contamos, en la gran mayoría de los casos, con legislación en materia de delitos informáticos. Hablamos de tipos penales como la difamación, el vilipendio y el desacato, en los que prepondera la criminalización de actos contra la “honra” de funcionarios públicos o de la actuación del gobierno mismo.

No sólo, pues, conserva Venezuela la difamación y la injuria como tipos penales, sino que, en especial, sigue penalizando el denominado “desacato a la autoridad”, que consiste justamente en la acción de “insultar” a la autoridad en el ejercicio de sus funciones. Si bien se alega que mediante este tipo penal se protege el poder coactivo del Estado, lo cierto es que no es otra cosa sino un delito de lesa majestad, los cuales han sido derogados en la mayor parte del mundo, pues obedecen a un concepto de veneración de la autoridad política que es considerado incompatible con los principios democráticos. Quienes ejercen el poder político en regímenes democráticos no son soberanos, por el contrario, son servidores, y por ende no les corresponde una dignidad mayor ni una cuota de protección especial a su honor que la que se concede a un ciudadano promedio. Es por esta razón que entes como la Corte Interamericana de Derechos Humanos han urgido en reiteradas ocasiones a Venezuela que derogue la penalización a los delitos de opinión en su legislación interna, pues atenta contra la libertad de expresión. En su lugar, Venezuela ha duplicado (en la aún reciente reforma del 2005 al Código Penal) las sanciones penales contra quienes sean declarados culpables de estos delitos.

A pesar de la presión por parte de la sociedad civil, el mundo entero enfrenta una preocupante tendencia a la criminalización de las redes sociales, no sólo en países como China, cuyo sistema de censura y filtrado es considerado el más sofisticado y efectivo del mundo, sino incluso en naciones consideradas pilares de la democracia, como Francia, donde leyes estrictas en materia de difamación, terrorismo y copyright restringen severamente el libre flujo de ideas y opiniones en línea.

De la practicidad de ponerle puertas al campo

Innumerables intentos de diversos gobiernos a lo largo de todo el mundo de bloquear contenidos (YouTube y Twitter son los blancos más frecuentes) han demostrado, entre otras cosas, que la infraestructura de Internet hace inmensamente difícil, si no directamente imposible, restringir con efectividad el libre acceso a la información. El usuario promedio encontrará la manera de navegar con libertad: la misma red se encargará de enseñarle cómo.

En 2014, cuando una corte ordenó el bloqueo de Twitter en Turquía como respuesta a una serie de casos de difamación y pornografía no consensual, Zeynep Tufekci escribía sobre la estrategia de Erdoğan, señalando que el gobierno turco sabía perfectamente que el objetivo no era hacer inaccesibles las redes sociales, sino demonizarlas. Escribía Tufekci:

Es una estrategia de situar las redes sociales fuera de la esfera sagrada, como una disrupción a la familia, una amenaza a la unidad, una navaja externa rompiendo el tejido de la sociedad.

Caracterizar las redes sociales como un escenario para la propagación de contenidos que -por usar los términos elegidos por el gobierno venezolano- “atentan contra la paz pública” no sólo es exagerar el poder de Internet (menos del 50% de la población venezolana tiene acceso a la web, y apenas 39% posee cuentas activas en redes sociales), sino sacar de proporción el alcance potencial de un ciudadano promedio. Si bien dependerá de la estructura particular de sus redes, incluso un usuario con algunos miles de seguidores sólo alcanzará potencialmente a un par de cientos con un mensaje en específico: difícilmente tenga la capacidad de desestabilizar a una nación entera a través de un tuit, sin importar cuán contundente sea éste. Más aún, este alcance pasa por una serie de filtros y sesgos previos que hacen improbable, por ejemplo, que un determinado mensaje alcance a una audiencia no interesada previamente en el tema, o que esté en radical desacuerdo con el usuario que lo origina.

Mientras en Venezuela se habla de regular las redes sociales -para reprimir o bien conductas que ya están contempladas en la legislación penal, contenidos que ya están prohibidos en la inconstitucional Ley Resorte, delitos cuya abolición ha sido solicitada por organismos internacionales de derechos humanos, o todas las anteriores-, en otros países la creación de normativas en materia de Internet apunta a la protección de las libertades de los ciudadanos y de la infraestructura misma de la web. Apenas el año pasado, al otro lado del Roraima, Brasil aprobó el célebre Marco Civil, normativa que protege las libertades ciudadanas en Internet y consagra el principio de neutralidad de la red.

Otros países están discutiendo normativas similares. Tim Berners-Lee, creador de la Web, llamó a la creación de una constitución global para proteger la Internet, diciendo:

A menos que tengamos una Internet abierta y neutral en la que podamos confiar sin preocuparnos de qué está sucediendo en la puerta trasera, no podremos tener gobiernos abiertos, buena democracia, buen sistema de salud, comunidades conectadas y diversidad cultural. No es ingenuo pensar que podemos tener esas cosas, pero es ingenuo pensar que podemos tan sólo sentarnos y obtenerlo.

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Salamat, Cebú

Un dron toma la foto de grupo para el décimo aniversario de Global Voices.

Un dron toma la foto de grupo para el décimo aniversario de Global Voices.

Hace una semana desde que terminó la Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices en Cebú, Filipinas, a la cual tuve la suerte de asistir. Cuarenta horas de vuelo después, llegué a este país convulso y confuso al que llamo hogar, y dormí treinta horas seguidas (en serio) hasta alcanzar algo semejante al equilibrio. No en vano Elena me dijera que el alma y el cuerpo viajan a distintas velocidades: apenas hoy, después de atender algunas responsabilidades urgentes y tomarme el resto del fin de semana para estar sola con mis demonios, alcanzo a poner cierto orden en algunas ideas que rondan mi cabeza desde esa semana hermosa y agitada, en la que tuve la dicha de volver a ver a personas a las que quiero muchísimo y tenía años sin ver, a otras personas a las que quiero muchísimo y nunca había visto en carne y hueso, y a gente a la que no conocía y que ahora considero mis amigos.

Espero publicar en los próximos días (ya sea en español o en inglés) las notas concretas sobre las diversas actividades en las que participé; este post no se trata de eso, sino apenas de dejar constancia del estado emocional -una mezcla de depresión post-summit y gratitud infinita- en el que me encuentro al aterrizar en casa, en la realidad y en el trabajo cotidiano de nuevo.

Global Voices está cumpliendo diez años desde que fue creada por Rebeca MacKinnon y Ethan Zuckerman, y yo tengo la fortuna de colaborar como voluntaria (específicamente con el proyecto Advocacy) desde hace cuatro. De pronto suena a locura semejante compromiso, en particular cuando la gente pregunta por qué entregamos nuestro tiempo y trabajo “a cambio de nada”. Quienes lo ven así, por supuesto, no conocen a Global Voices y no tienen la menor idea de todo lo que recibimos a cambio.

Fotografía por Jeremy Clarke, bajo licencia CC BY NC 2.0

Fotografía por Jeremy Clarke, bajo licencia CC BY NC 2.0

Una familia que llega a cada rincón del mundo

Muchos de los voluntarios de Global Voices son emigrantes en una u otra medida; otros tantos, aunque vivimos en nuestros países de origen, tenemos serios problemas para sentirnos cómodos en cualquier lugar. En parte, creo yo, se debe a la sensación ineludible de que el mundo está mal, profundamente mal, y de que es muy poco lo que podemos hacer al respecto, aunque sigamos intentando. Es por eso que el arraigo, la aceptación y la sensación de comunidad que viene de pertenecer a GV es, posiblemente, nuestra mayor retribución.

//platform.twitter.com/widgets.jsEs algo especial estar en una habitación con más de cien personas y sentirte a salvo, seguro, saber que compartes valores e ideales con todos ellos, saber que todos, incluso los que aún no conoces, son tus amigos. No de una manera estúpida, tarjeta Hallmark, sino de manera genuina: saber que puedes sentarte al lado de cualquiera e iniciar una conversación genuina, tal como cuando teníamos cinco años y para hacerte amigo de alguien bastaba con invitarlo a jugar. Se vuelve fácil cuando todos llevamos el corazón en la mano, cuando aceptamos como algo evidente la buena fe de la gente.

No es necesario, tampoco, estar en una cumbre -se realizan cada dos años- para sentirnos así. Donde sea que haya un GVer, tenemos un lugar. El mundo, de pronto, deja de parecerte extraño: es sólo un enorme, inmenso hogar que aún no has conocido.

Voces para aquellos que no tienen voz

Creo que lo más sorprendente de formar parte de un proyecto que crece de manera orgánica, que se mueve en la medida en la que los miembros de la comunidad cambian, evolucionan y aspiran a cosas nuevas, es darnos cuenta de que los valores en los cuales se funda Global Voices siguen siendo los mismos de hace diez años, y que esos valores siguen guiando nuestras acciones como comunidad, nuestros planes y proyectos, sin importar cuánto cambien las herramientas o cuánto se reconfiguren las redes que construimos.

Creemos en la libertad de expresión: en proteger el derecho a hablar – y el derecho a escuchar. Creemos en el acceso universal a las herramientas de expresión.
Con ese fin, queremos empoderar a todos los que deseen expresarse para que tengan los medios de hacerlo – y para aquellos que quieren escucharlos, los medios para oírlos. ((Del manifiesto de Global Voices))

Para quienes hacemos voluntariado, la vida puede a veces convertirse en una experiencia frustrante y dolorosa. Terminas sintiendo que nada de lo que haces es suficiente, sin importar cuánto te esfuerces. Para mí, pertenecer a Global Voices es de alguna manera un refugio contra esa sensación; estar, al menos por una semana, entre esta gente extraordinaria y sentir que, aunque individualmente quizás resulte difícil, todos juntos somos capaces de lograr cambios reales, de construir cosas duraderas.

2014 fue un año extremadamente difícil para mí, un año que terminé sumida en una profunda depresión y sin ganas de continuar. Por eso, cuando me dijeron que iba a participar en la Cumbre de Global Voices en enero, supe que sólo tenía que resistir unas semanas más, que reunirme con esta gente iba a recargarme las pilas, a restituirme la esperanza, a devolverme las ganas de trabajar.

Como siempre, no me defraudaron.

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Miss Representation
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Un documental: “Miss Representation”: Cómo los medios construyen una imagen falsa de las mujeres

Miss Representation

Fotografía de Nicholas Burlett, bajo licencia CC BY NC SA 2.0

En el libro “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord sostiene que el espectáculo es parte de la sociedad y es un instrumento de unificación, constituyéndose en el lenguaje general que concentra las conciencias: el espectáculo es un engaño, pero es un engaño colectivo, y como tal se convierte en una realidad que elegimos para reemplazar la verdadera.

Baudrillard, en “Simulación y simulacro” señaló la tendencia de sociedades como la estadounidense de construir una hiperrealidad, esto es, una realidad que fuera más real que la realidad misma, donde todo es más colorido, más brillante, más llamativo: la sociedad del espectáculo es en technicolor, en photoshop, en HD, y reemplaza a nuestros ojos y a nuestras conciencias. La autenticidad misma ha sido reemplazada por una copia, por una versión más perfecta,  y hemos perdido toda capacidad de reconocer la original.

Esta hiperrealidad impregna todas las capas de la sociedad, pero afecta especialmente a las mujeres, el “objeto” por excelencia de los medios, la publicidad y el lenguaje del consumo de masas.

“Miss Representation” es un documental del año 2011 que explora la manera en la que los medios construyen una imagen distorsionada (hiperreal) de las mujeres, y cómo la imagen así construida impacta en la forma en que las mujeres reales se ven a sí mismas y son vistas por el resto de la sociedad. En otros documentales, como el magnífico Killing Us Softly de Jean Kilbourne, se ha explorado la construcción de esta imagen a través de la publicidad, pero “Miss Representation” no se detiene ahí.

Lleno de cifras interesantes y desconcertantes, como el hecho de que las mujeres en los Estados Unidos gastan anualmente entre $12.000 y $15.000 en productos y salones de belleza (una cifra que bastaría para sacar a muchas de ellas de la infraeducación), o que las mujeres entre 15 y 30 años sólo comprenden el 39% de la población femenina, pero son el 71% de las mujeres que aparecen en televisión, “Miss Representation” construye un discurso sólido, que nos dice que las mujeres menos educadas (porque están gastando su dinero en productos de belleza y porque la sociedad les dice que la belleza es un valor más importante que la educación) tienen menos respeto propio, menor eficacia política y menor probabilidad de ejercer su derecho al voto, lo cual, a su vez, conduce a una sensación general de falta de poder, y las distrae de la posibilidad de convertirse en líderes, cualquiera que sea su área de acción.

Miss Representation – Official Trailer from The Representation Project on Vimeo.

Jennifer Siebel nos dice que 53% de las niñas de 12 años se sienten infelices con sus cuerpos, así como 78% de las jóvenes de 17 años, y que 65% de las mujeres tienen un desorden alimenticio. Mientras más tiempo pasamos expuestas a los medios masivos, más probable es que éstos hayan tenido efecto en nuestro subconsciente, sin importar si conscientemente luchamos contra estas ideas. Cualquier mujer que me lea, sin importar cuán educada e independiente sea, conocerá perfectamente la vaga sensación de no ser suficiente que se tiene después de hojear una revista Cosmopolitan.

Si nuestro valor está definido principalmente por nuestra capacidad de lucir como modelos, no sólo esto nos desmotiva de generar cambios reales y hacer cosas con nuestras vidas, sino que además nos adhiere una etiqueta con fecha de caducidad: a partir de los 40 o 50 años, pasamos a una categoría inferior, más aún si nos negamos a conformarnos a los estándares de cirugías estéticas y botox reinantes.

Convertir a un ser humano en una cosa es casi siempre el primer paso para justificar la violencia contra esa persona. Jean Kilbourne

Si bien el documental está enfocado en Estados Unidos, en el resto del mundo éstos son, también, los medios que consumimos: Universal Studios, Fox, Warner. Sólo 20% de las historias que están siendo creadas en estos momentos tienen como sujeto a protagonistas femeninas (no mujeres que existen con el único objetivo de darle a los hombres algo que defender, alcanzar, o disputarse, no fighting fuck toys). Este fenómeno tiene un nombre: aniquilación simbólica, y si bien nos gusta pensar que desapareció con la revolución sexual, no es cierto: con probar el Test de Bechdel en cualquier tarde de zapping es más que suficiente.

La solución, por una parte, es que de una vez y por todas nos decidamos a contar nuestras propias historias. Sólo 7% de los directores de películas y 10% de los escritores de películas son de sexo femenino. Estamos consumiendo historias contadas por hombres, para hombres, porque en algún momento alguien nos convenció a todos de que las historias de hombres son las historias de la humanidad, mientras que las de las mujeres son chick flicks. Como dice Geena Davis en el documental:

Todo Hollywood está manejado bajo una presunción: Que las mujeres verán historias sobre hombres, pero que los hombres no verán historias sobre mujeres. Es una acusación horrible a nuestra sociedad que asumamos que una mitad de la población simplemente no está interesada en la otra mitad.

Por otra parte, como consumidores, la primera decisión que debemos tomar es con respecto a los medios que consumimos. Elijamos películas escritas por mujeres, dirigidas por mujeres; elijamos películas con personajes femeninos ricos, reales, auténticos, y dejemos de consumir contenido basura que retrate a las mujeres como objetos sexuales, vacíos, sin ningún objetivo o meta en la vida, sin personalidad de ninguna índole, que sólo existen para satisfacer las necesidades de los hombres.

En otras palabras, dejemos de ver Two and a half men.

Si tú y yo, cada vez que pasamos por un espejo, nos quejamos de nuestra apariencia, recordemos que una niña nos está mirando, y lo que ella está aprendiendo. – Gloria Steinem

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El yo cuantificado
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Vivir en un videojuego: El yo cuantificado y la ludificación de lo cotidiano

El yo cuantificado

Fotografía de jdhancock bajo licencia CC BY 2.0.

Aunque no uses un FitBit ni te identifiques a ti mismo como un seguidor de la cuantificación del yo, las probabilidades de que parte de tus hábitos se inscriban en sus rutinas son en extremo altas. Quizás tengas una cuenta de Foursquare, que registre al detalle tus ires y venires y donde puedas consultar estadísticas detalladas de tus lugares más visitados por categoría y tipo. Quizás tengas una cuenta en Goodreads, con un listado de tus libros leídos en el último año, que te ofrece cifras de páginas y palabras y las compara con el año anterior. O al menos, las estadísticas de tu cuenta de Google te ofrecerán una intimidante mirada a la cantidad de correos recibidos, kilómetros viajados y videos de YouTube reproducidos en el último mes, y te dirán quién es la persona con la que te comunicas más.

Por supuesto, algunas personas lo llevan al siguiente nivel; utilizan una o varias de las múltiples herramientas disponibles para medir y registrar los más diversos datos sobre sus hábitos, su salud, su comportamiento. SleepBot para analizar los hábitos de sueño, o TrackYourHappiness para llevar un registro preciso de los momentos y las situaciones en las que somos más felices. Sin embargo, ya hemos llegado al punto en el cual la cuantificación del yo no es meramente una corriente seguida por un grupo reducido de personas, “data junkies”, nerds de la información: es una conducta social que se extiende màs y más a medida que la presencia de la tecnología se hace más ubicua, más penetrante.

La recopilación de datos sobre nuestros hábitos, conductas y aspectos biológicos ha sido presentada también como un tema de salud. Las personas que se inclinan hacia el registro y análisis minucioso de factores de sus vidas cotidianas tienden a medir cosas como su presión arterial, la cantidad de actividad física en sus vidas y las comidas ingeridas, junto a factores como la calidad de sueño y los niveles de estrés. Y si bien aplicar el “conócete a ti mismo” de los griegos puede ser un sabio principio, también fueron los griegos quienes postularon el aurea mediocritas: todo extremo es peligroso, y caer en el narcisismo o la neurosis puede volverse un riesgo demasiado fácil.

Ludificación: ¿una ruta al mejoramiento personal?

No es un secreto para nadie que los puntos y las medallas son una herramienta fácil (¿y vacía?) para modificar nuestras conductas. Desde Pavlov para acá es bien sabido que los refuerzos positivos nos condicionan. Sin embargo, la ludificación (gamificación, jueguización, todas las traducciones son horribles) de los aspectos cotidianos de la vida está de moda desde hace cierto rato, más aún ahora que llevamos con nosotros un smartphone a todas partes, y las redes sociales nos han engranado el hábito de loguear (sea bloguear, vloguear o microblogguear, todos provenientes del inglés log, que no es otra cosa que llevar un diario) cada mínimo paso que damos.

Juegos como SuperBetter o HabitRPG han creado su nicho de contestar a la pregunta: ¿cómo usar este impulso por registrarlo todo y este afán por ganar medallas virtuales, estrellitas y puntos, subir en el ranking de nuestros conocidos, para mejorar como individuos, crear buenos hábitos, erradicar los malos y ayudarnos a lograr nuestras metas?

En esta charla TED, Jane McGonigal, creadora de SuperBetter, explica cómo los juegos pueden incrementar nuestra resiliencia y ayudarnos a superar trastornos postraumáticos. McGonigal sostiene, entre otras cosas, que los juegos pueden ayudarnos a prolongar nuestras vidas y que una perspectiva gamer aplicada a aspectos como el trabajo, la salud y la productividad puede contribuir a nuestra capacidad de encontrar sentido y logro en la vida. Según McGonigal, el 80% del tiempo, un gamer está perdiendo, y aún así, la estructura y la lógica de un videojuego le hace sentir que el éxito está cerca, le hace permanecer motivado, activo, emocionado por el futuro inmediato. Esta filosofía, afirma, aplicada a la vida cotidiana sería la fórmula no tan secreta del éxito.

El yo cuantificado

Fotografía de azugaldia bajo licencia CC BY 2.0.

La “Internet de las cosas” es también la Internet de los cuerpos

Ahora que los dispositivos más disímiles (neveras, aspiradoras, tomacorrientes, en vez de sólo computadoras en el sentido clásico) cuentan con acceso a Internet, la moda de los “wearables” (“computadora corporal” o “tecnología ponible”, términos ambos sin ningún toque de lo pegajoso que tiene el término original en inglés) parece estar en el inicio de una ola gigantesca que se aproxima. Los wearables pretenden ser una extensión del cuerpo o de la mente, pero ya no sólo con la intención de compensar discapacidades, sino también para integrar capacidades que no son ordinarias de un ser humano. Wearables que miden tu masa corporal, perciben tus ondas cerebrales mientras duermes, registran tu vida y la transmiten en la web; wearables para ponerle a tu bebè y medir su temperatura y su respiración en todo momento.

¿Hasta dónde estaremos dispuestos a entregar nuestra privacidad en manos de las compañías tecnológicas a cambio de los beneficios de una vida perfectamente monitoreada? En apariencia, estamos dispuestos a otorgarles no sólo nuestra ubicación y nuestras conversaciones, sino el nivel de nuestra glucosa y el flujo de nuestras ondas cerebrales. Si la decisión es colectiva, ya fue hecha por nosotros.

La construcción de una narrativa personal

Al final del día, incluso aunque no estemos plenamente conscientes de ello, la razón por la cual continuamos participando en servicios como Facebook, a pesar de sus múltiples defectos, es que nos permiten construir una narrativa de nuestras vidas. Los seres humanos tenemos la necesidad de contarnos a nosotros mismos y a los demás, nos rehacemos y nos construimos en el discurso, y esta necesidad, antigua como la humanidad misma, se ve de algún modo satisfecha por Facebook, Friday o Moves, que de diversos modos reemplazan al diario y al blog: nos dicen dónde estuvimos, qué hicimos, cómo nos sentíamos, y de este modo nos permiten volver atrás, recapitular y recordar, y ser curadores de la información que presentamos a los demás sobre nosotros mismos: nos narramos, y en esa narrativa creamos los personajes que representamos en el juego de esa realidad, la virtual, que cada vez más se solapa y se confunde con la realidad “lejos del teclado”, a medida que los teclados desaparecen y la web penetra todas las capas de nuestras vidas.

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