Fotografía de Zitona en Flickr, usada bajo Licencia CC BY 2.0
cuentos, ficcionando, una historia que no sé hacia dónde va

Lía, #2

Ella no convocaba su recuerdo. Su rostro, sin embargo, seguía apareciéndosele en los lugares menos indicados. Tras semanas sin verlo, se hallaba una tarde, bajando las escaleras del metro, mordiéndose los labios de las ganas de besarlo. Si lo veía un día entre la gente, lo saludaba agitando la mano desde lejos para evitar la posibilidad de cualquier roce. Evadía encontrárselo, tanto como le fuera posible.

Ella no deseaba involucrarse con él de modo alguno. Su cuerpo, sin embargo, difería. Al verlo, un millar de diminutas agujas imantadas se clavaba en su columna vertebral, y en su vientre, una llama minúscula comenzaba a cocerse lentamente.

Un gusano, pensaba. Es como un gusano comiéndose una a una mis ideas. Como cuando se te mete en la cabeza una canción que detestas,y te pasas todo el día cantándola, odiándola, rechazándola cada vez que tu mente se queda en silencio. Era como un gusano comiéndose sus ideas, y al igual que con la canción, desconocía la manera de quitárselo de encima.

Evitaba encontrárselo porque temía que su cuerpo le hiciera contraer una deuda cuyo saldo no pudiera costear. En general, prefería evitar todas las cosas cuyas consecuencias no era capaz de prever: Las deudas, la lluvia, los exámenes médicos, los viajes improvisados, los planes de último momento, las películas de terror.

No podía prever, por ejemplo, encontrárselo de golpe aquella noche a la salida del metro, verse en el interior de sus ojos de abismo y sentir cómo sus pies se encaminaban, a paso de vértigo, hacia el borde del precipicio.

(…)

(Leer Lía, #1)

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Tanto, tanto ruido

Va sin acentos por culpa de Android

“Ruido de tenazas, ruido de estaciones, ruido de amenazas, ruido de escorpiones. Tanto, tanto ruido.” (Joaquin Sabina)

Deambulo por los pasillos, por las calles, por los museos, buscando un lugar para escribir. Encuentro un jardin bonito, bien iluminado, compro un cafe, me siento. Cinco minutos, tres lineas luego, un anciano aparta una silla de mi mesa y se sienta. Me pide la hora. Luego, comienza a hablar de una mujer a quien le dieron un tiro. Un tiro en el pecho, dice, aqui, aqui. La sangre le bajaba por el brazo. Una santa, dice, era una santa. Verdad que era una santa? Un tiro en el pecho, tenia…
Busco cualquier excusa y me levanto en busca de otro sitio. Encuentro un banco de cemento, amplio, mucho mas lejos, solo. Me siento. Tres lineas luego, una pareja se sienta a mi lado. Son jovenes. Durante un rato permanecen en silencio. Intento seguir escribiendo a pesar de su presencia. A los pocos minutos ella dice, en tono de reclamo, ?Entonces? Entonces, nada, dice el. Trato de aislarme, pero me llegan fragmentos de su disputa, y sus voces se van alzando mas y mas. Todo contigo es un problema, dice el, uno te dice mira, mira este libro y vos que, que miras, vos miras todo menos a mi, y ella dice, Vos no sabes comprometerte, yo no entiendo que haces conmigo si tanto te molesto, y el dice Cortala, todo el mundo te esta escuchando.
Me levanto y me voy una vez m?s. Encuentro otro lugar. Una mujer con un bebe llorando. Encuentrl otro lugar. Un discjockey frustrado, de los que ponen reggaeton a todo volumen con los altavoces de sus celulares.
Me levanto y me voy. En la habitacion -lo se- me esperan los taladros hidraulicos de la construccion.
Hoy no es el dia, me digo, y me resigno.

Publicado desde WordPress para Android

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There’s no free lunch

You most likely need a thesaurus, a rudimentary grammar book, and a grip on reality. This latter means: there’s no free lunch. Writing is work. It’s also gambling. You don’t get a pension plan. Other people can help you a bit, but ­essentially you’re on your own. Nobody is making you do this: you chose it, so don’t whine.

MARGARET ATWOOD

(vía este blog genial que se llama Advice to writers).

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cultura libre, enlazar es bueno, ficcionando, los libros me devoran

Piratéenme, por favor

En las últimas semanas, la guerra contra la cultura libre se ha enardecido. Megaupload ha sido cerrado, las páginas de descarga restantes han cambiado sus modelos de negocio o han borrado sus archivos, y The Pirate Bay se ha visto obligado a cambiar de dominio ante la inminente amenaza de cierre y encarcelamiento que pende sobre ellos. Algunos autores han mostrado más lucidez de la que les creíamos capaces, declarándose a favor de la piratería y entendiendo que el modelo de negocio debe cambiar. Otros han tomado decisiones absurdas y despotricado contra sus lectores, llamándolos ladrones, en el mejor de los casos.

Yo creo en la cultura libre como si de un Dios se tratase. Creo en la “piratería” como una práctica que ayuda a difundir la cultura, que es un derecho humano. Creo que el modelo de negocio debe cambiar y adaptarse a la tecnología, en vez de pretender castrar sus avances en la búsqueda de preservar el status quo.

Creo que descargar un libro no tiene ninguna diferencia con prestarlo a un amigo, donarlo a la librería y que miles de personas puedan leer ese mismo libro. O sí, existe una diferencia: en la cultura digital no existe la escasez. La escasez, ese artificio de la economía para vendernos objetos a precios absurdos, no puede ser aplicada a un archivo digital, aunque intente emularse artificialmente con cosas tan incoherentes como la tecnología DRM. Un archivo que tú te descargas no deja de estar en mi servidor, simplemente estás creando una copia, cuyo costo desde el punto de vista económico es casi inexistente. El archivo original no se desgasta porque millones de copias sean creadas.

El papel es escaso, el plástico de los CDs es escaso. Las ideas no.

Creo fervientemente en que, eventualmente, el futuro llegará y nos pasará por encima a todos. Pero no es el apocalipsis. Porque antes de Internet, existían las fotocopiadoras; antes del iPod, existía la radio; antes de la televisión, existía el teatro, y antes de la imprenta, mucho antes, ya existían los escritores.

Creo que los que despotrican de Coelho, diciendo que a él no le duelen las descargas porque vende millones de libros, se están perdiendo el punto fundamental en esta discusión: que gracias a la tecnología, precisamente, aquellos que normalmente no tendrían acceso fácil a un lector, pueden publicar sus obras en un blog o incluso en un libro, y eventualmente darse a conocer (y algunos hacerse ricos).

Mis dos primeros libros fueron publicados por Monte Ávila Editores Latinoamericana. Ambos se distribuyen a través de la red de Librerías del Sur; el segundo se consigue, el primero ya casi no se distribuye. Monte Ávila, como parte de la plataforma cultural del Estado venezolano, cree en la distribución digital gratuita de sus obras, y parte de su catálogo puede descargarse de internet legalmente.  Lo mismo ocurre con Biblioteca Ayacucho y con El perro y la rana. Mis libros, sin embargo, no han sido colgados hasta ahora, y sus derechos digitales pertenecen a Monte Ávila, así que lo que haré en el siguiente párrafo califica como piratería, aunque mi editorial sea sabia y no se vaya a molestar por eso.

Dénse con furia:

Aviones de papel, para descargar gratis en EPUB, MOBI o PDF (para lectores digitales).

Cuentos en el espejo, para descargar gratis en EPUB, MOBI o PDF (para lectores digitales).

Y un último regalo: Departamento de objetos perdidos, un libro que incluye cuentos inéditos y cuentos que han sido publicados en revistas o antologías, y que pueden leer en cualquiera de las siguientes formas:

Descargarlo en PDF a través de este enlace, gratis, cuando quieran.

Descargarlo de Amazon, para Kindle, por 2.99 $ (no entiendo la forma de poner precios de Amazon, ése es el precio que yo le puse, y parece que a veces aplican cargos adicionales).

Comprarlo en papel a través de Lulu.com, por un costo de 7.99 dólares más envío (es impresión por demanda, no sé nada de eso, entiéndanse con Lulu si quieren). Estoy haciendo el trámite para hacer disponible el libro a través de Amazon, en impresión por demanda. Si termino el trámite, cuando esté disponible costará 5.99$ más envío.

Si quieren retribuir el gesto y no pueden o no quieren comprar los libros en Amazon o en las Librerías del Sur, hay otras formas: compartirlos con sus amigos, en sus redes sociales, dejarme comentarios en el blog o a través del correo electrónico (arriba, a la derecha) son gestos que agradezco muchísimo. También pueden seguirme en Twitter, o suscribirse al blog por correo electrónico o por feed.

Y eso es todo, hasta ahora. No sé qué vendrá después, pero para mí, al menos, el que se tomen el tiempo de leerme ya es un honor suficiente.
Yo, mientras tanto, seguiré escribiendo.

Actualización del 22 de junio de 2012: He cambiado todos los enlaces para eliminar la página intermedia, que confundía a algunas personas.

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Convertirse en escritor, según Dorothea Brande (I)

En 1934, la escritora y editora estadounidense Dorothea Brande publicó un libro llamado “Becoming a Writer” (*), donde postulaba que las principales dificultades que un aspirante a escritor podía encontrar no estaban en su arsenal de herramientas técnicas, sino en su personalidad. Esta idea, desarrollada a través de ochenta y dos páginas de pura sabiduría, nos enfrenta con una noción tan sencilla como brillante: que la personalidad de un creador está conformada por dos mitades, una mitad pragmática y otra artística, y que es del desequilibrio entre estas dos partes, de donde surgen todos los inconvenientes realmente profundos que pueda tener un escritor al enfrentarse a su oficio.

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cuentos, ficcionando

Desaparecido

Un cuento del libro inédito, “Departamento de objetos perdidos”.

Nadie puede alegar en su defensa su propia torpeza.
(Aforismo jurídico romano)

 

 

Desde la plancha de cemento que hace las veces de cama, sólo se ven los barrotes y la pared. Estoy solo en esta ala, al menos eso creo, porque sólo el eco contestaba a mis gritos, las primeras semanas, cuando aún gritaba. O quizás haya gente en las otras celdas, pero, como yo, pasado cierto tiempo se fundieron con las sombras.

Ya no tiene sentido quejarse. He intentado explicarles cientos, miles de veces, que no soy yo a quien buscan. Que no soy el líder de nadie, que soy una mentira. Pero no hay nada que hacer; pesa sobre mí una condena no escrita, me matarán en cualquier momento, y sin embargo, contar mi historia por millonésima vez me tranquiliza, me hace sentir que no pertenezco a este lugar, y por lo tanto, esto tiene que ser una pesadilla.

Uno empieza en la universidad como todos: elige una carrera, porque los papás quieren que uno tenga un título para colgarlo en la sala y contarle a los amigos sobre “su hijo el licenciado”. En mi caso, fue Derecho, en parte porque sonaba bien “mi hijo el Doctor” y en parte porque me pareció la carrera menos difícil entre las llamadas “carreras largas”. Me costó poco ingresar y al cabo de meses allí estaba, intentando integrarme a la comunidad universitaria, hacer amigos, pasar el rato. Me imagino -siempre me imagino- que todo habría marchado de otro modo, de no haber sido por ella, ella y sus ojos enormes en aquella primera clase de Derecho Civil, ella y su pelo rubio sacudiéndose cada vez que se daba la vuelta para saludar a alguien, ella y sus caderas oscilantes bajando las escaleras de la Facultad hacia la fotocopiadora. Como es obvio, en un aula con sesenta personas, y siendo yo un adolescente insignificante de diecisiete años, ella ni siquiera notaba mi presencia, pasaba a mi lado como si yo fuera una más de las columnas de la construcción colonial de la Facultad.

Ella era una de esas mariposas sociales, la típica estudiante que a las cuatro semanas todos conocen con nombre y apellido; yo era un (auto) outcasted, un excluido de mi propia timidez. Ésa fue la razón -la única y verdadera razón- por la cual, a los seis meses de haber iniciado el primer año, cuando uno de tantos movimientos políticos estudiantiles pasó por el aula recaudando firmas para sabe Dios qué causa, yo puse mi nombre bajo el suyo en aquella lista. Y ése fue el momento en el que todo comenzó.

Se veía como algo fácil, en aquel tiempo, asistir a una u otra reunión, intervenir en los momentos adecuados, soltar algún comentario inteligente y tratar de que me notara. Me ofrecía para ayudar en la logística de un mitin, y ella me saludaba. Nos encontrábamos en una manifestación, y se aprendía mi nombre. Como estrategia, no estaba mal. Para el segundo año, me encontraba entrando peligrosamente en la “zona de amigos” (de la que no hay escapatoria, como cualquiera sabe) y me hallaba apremiado a realizar un movimiento arriesgado, pero sabía que, de hacerlo en ese instante, lo que venía era un rebote frontal y directo. Entonces, milagrosamente, llegaron las elecciones del Consejo Universitario y resultó que en el movimiento no había suficientes personas para conformar las planchas que necesitaban. Me llamaron, y yo escuché campanas y las puertas del cielo abriéndose para mí.

Ella, comprometidísima, hizo campaña durante largos meses, y para el final del segundo año, casi como un milagro, yo tenía un cargo de Delegado al Consejo Universitario, y una novia rubia de caderas oscilantes.

No podía ser más afortunado.

El tercer año fue complicado. Venían las “materias filtro”, yo estaba obnubilado aprendiendo los placeres de la carne, hasta entonces desconocidos para mí, y en el movimiento había propuestas de postularme a Presidente del Centro de Estudiantes al año siguiente. Francamente, llegado cierto punto yo había dejado de entender cualquier cosa y sólo me dejaba llevar. Descubrí que, cuando se aprenden ciertos mecanismos rudimentarios de política, era sencillo armar discursos convincentes intercambiando, según la necesidad, y las circunstancias seis u ocho frases prefabricadas que en realidad no significaban gran cosa. Decías “en este momento histórico” y todo el mundo se sentía prócer. Les soltabas un “con el trabajo conjunto de todos nosotros” y de inmediato estaban comprometidos y se creían que eran el futuro de la patria. Quizás lo eran. Yo, ciertamente, no era más que un carajito que estaba loco por conseguir que mi novia se quitara la ropa.

Así fue como fui entendiendo que, después de todo, tenía carisma. Porque cualquiera de los que estaban en el movimiento, que tenían en él más tiempo que yo (más que nada, porque habían repetido cada año dos o tres veces cada quien), podía soltarse un discurso prefabricado, pero, sea porque no tenían la cara de pendejo que tenía yo, o porque ya la gente estaba cansada de escucharles la voz, el caso era que no convencían del mismo modo.

A finales de tercer año me iban quedando dos materias. La gente del movimiento habló con los profesores, se movieron los hilos que tenían que moverse y se alteraron las décimas que tenían que ser alteradas, y al cabo de nada, tuve los dos pies en el cuarto año, perspectivas de ser Presidente del Consejo Universitario y un tedio vital que para qué les cuento. Mis padres, por cierto, se iban a reventar de orgullo en cualquier momento: sentían (no era que lo dijeran, pero se respiraba) que su hijo, el Doctor, ya no sólo les iba a dar un título para colgar en la sala, sino quizás la oportunidad de decir mi hijo, el Diputado, o quién sabe si el Presidente.

Yo estoy segurito de que mi mamá ya se hacía viviendo en Miraflores, con los tres perros y la lora.

Para serles franco, a la hora de la campaña por el Centro de Estudiantes, la cosa empezó a dejar de gustarme. Todo eran reuniones hasta altas horas de la noche, negociando asuntos que tenían siempre un incierto carácter turbio, el teléfono sonando a toda hora, la carajita empezando a reclamarme tonterías y mi mamá preocupada de tanto en tanto por la hora a la que aparecía por la casa, cuando aparecía. Pero yo representaba un personaje, y no era cosa de hacerlo pedazos de un día para otro. Ahí es cuando uno se da cuenta de qué significa eso del status quo al que uno se aferra: había adquirido beneficios (me ayudaban con las notas, tenía cierta posición en la microestructura social de la Universidad, había alcanzado popularidad y una cierta dosis de poder) y a esas alturas, no me sentía en condiciones de tirarlo todo a la basura.

Cuando se anunciaron las candidaturas, desde mi muy restringida perspectiva, pareció que me hubiera puesto perfume de feromonas o me hubiera vuelto Brad Pitt de repente: tenía candidatas por todas partes, y los celos de la histérica de mi novia se potenciaron por diez millones. La situación era bastante insostenible. La cuestión, claro, radicaba en que desde todo punto de vista era evidente que mi gente ganaría las elecciones.

Por esas fechas, recuerdo, se dieron los primeros disturbios fuertes. Hubo un periodista desaparecido, si no me falla la memoria, y las manifestaciones fueron reprimidas, al principio con bombas lacrimógenas y luego, bien pronto, con armas. La catira fue a las primeras, ya después le prohibí que anduviera en esos inventos, capaz le pasaba algo y después la culpa era mía. Por esas mismas fechas fue el primer paro universitario, y más o menos, también, por esas fechas fue que la catira me descubrió lo de una de las muchachas del movimiento feminista y se armó la de San Quintín, como decía mi abuela. Yo, al final, decidí que no valía la pena: había demasiados peces en el mar, y lo dejé por la paz.

Las elecciones se tuvieron que suspender por lo del paro, pero al final se dieron y, como habíamos previsto, ganamos con amplio margen (frase prefabricada para discurso de la victoria). Tenía yo, a esas alturas, un pie en el quinto año, y entre una minifalda y otra apenas me daba tiempo de pensar en el hecho de que iba a necesitar un trabajo cuando me graduara. Por otra parte, la cosa con el gobierno se estaba poniendo color de café sin leche, pero yo no me daba demasiada cuenta de nada: sí, iba a una que a otra manifestación, y a veces incluso daba declaraciones en prensa, en nombre de mi Facultad (los futuros abogados de esta República enloquecida), y en medio de alguna conversación de madrugada con los compañeros de movimiento, a veces incluso me indignaban algunas cosas, pero no les voy a mentir diciéndoles que tenía una visión política y un plan quinquenal para hacerme elegir presidente. Los otros, los que estaban a la sombra, tenían buenas ideas y un cierto nivel de compromiso político: yo sólo era un personaje de un cuento de Pedro Emilio Coll.

Yo no tenía lo que llaman visión macro de las cosas. Por esa misma razón, supongo, me exponía más de lo que habría hecho, de haber estado consciente: me exponía como alguien realmente comprometido, como alguien preparado a morir por su país. Yo no sabía que existía esa posibilidad. A mediados del quinto año, en esa época en la que ya uno casi ni tiene clases, y va a la universidad a perder el tiempo y deambular por los pasillos, la sección juvenil del partido (porque todo movimiento estudiantil, al final, es eso, un partido) me llamó para que me integrara a sus actividades. Después de un par de semanas entendí (bastante pronto para mi usual lentitud en captar las cosas, como hemos visto), que me buscaban para que fuera algo así como una especie de Secretario Regional de esa sección juvenil del partido. En los partidos políticos, uno es “juvenil” hasta que ronda los treinta y cinco años, así que, de haber tenido un poco más de experiencia en la vida, me habría dado cuenta de que aquello era una oferta inusual. No era ése el caso, y yo sólo pensé que ése era un trabajo, tan bueno como cualquier otro.

No lo era, con exactitud, pero cómo podía yo saberlo.

Cerca de la fecha de mi graduación la situación del país cambió bruscamente, o al menos así lo sentí yo. Quién sabe si todo aquello podía preverse, desde el punto de vista de un analista político o alguien similar: para mí, sólo existió el anuncio de una serie de medidas económicas, luego una oleada de disturbios, y posteriormente un intento de golpe de estado que fue rápidamente sofocado por la Fuerza Armada. Según me dijeron, “los estudiantes” estaban detrás de aquello. Yo no me enteré de nada, estaba en Margarita celebrando mi graduación con la que tenía de novia para ese entonces: sofocado el golpe e inocente de la vida, me regresé a Caracas en cuanto me fue posible, para estar con mi familia y evitarle a mi madre sus usuales crisis de nervios, y me agarró la inteligencia a seis cuadras de mi casa.

Por supuesto, a la inteligencia, es vano tratar de explicarles cualquiera de estas cosas: lo de ellos es puro nombre. Están convencidos de que sé cosas, de que participé en conspiraciones, de que mi desaparición servirá de ejemplo para que mis compañeros se dejen de pendejadas, como ellos dicen. Me imagino que moriré como un mártir, porque para ellos no existe la noción de que no les he dicho nada ni he delatado a nadie, a pesar de la tortura, por la sencilla razón de que no sé absolutamente nada. Supongo que el poder de la televisión es mayor de lo que pensaba: ellos me vieron en el noticiero y me colgaron automáticamente el letrerito de líder, y así van las cosas.

Lo que más me preocupa, después de todo esto, es mi mamá y el hecho de que no estoy realmente preso, sino desaparecido. No hay un juicio, no hay un expediente, nadie sabrá decirle dónde estoy, quién me tiene, qué se supone que hice ni a dónde arrojaron mi cadáver. Y al final todo era por ella, por mis ganas de cumplir su deseo de tener un hijo Doctor. Total que ahora, aquí sentado contando los barrotes una y otra vez mientras espero el momento de mi ejecución, no puedo sino preguntarme qué habría sido distinto si hubiera hecho caso a los consejos de mi padre, y hubiera elegido estudiar medicina.

 

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ficcionando, randomness

De cómo ganarse la vida en tres fáciles pasos

Uno.

Son las diez de la mañana. Leticia se despereza de un sueño fácil, denso y liviano como un inmenso mar de leche tibia. Se levanta de la cama revuelta y se detiene, de pie frente al espejo. Examina su cuerpo sin afán de autocrítica, el abdomen plano, los senos de perfección quirúrgica, las piernas largas y afiladas, las nalgas firmes. Se revisa como quien chequea, punto por punto, los libros de contabilidad de una empresa bien administrada por su propio dueño. Luego se encamina al baño, donde la espera una larga rutina de aseo y de belleza. Tiene el día, y la vida, por delante. En su mente, elige a qué tiendas irá ese día, en cuál centro comercial gastará sus horas: tanta libertad para dar vueltas dentro de la circunferencia de un anillo.

Dos.

Son las diez de la mañana. En su cubículo, Gerardo se presiona los párpados con la yema de los dedos. No sabe si es fatiga o es hastío, pero se levanta a buscar café. Al momento de servirse nota que la cafetera está vacía, y el ánimo no le alcanza para poner a colar otra jarra. Arroja a la papelera el vaso plástico sin usarlo, con una sensación que no alcanza a ser rabia, que se parece más a la frustración. Regresa al escritorio, la mirada fija en la pantalla y sus casillas infintas llenas de números que ya no significan nada. El dolor de cabeza, que empieza a apoderarse de los ojos y el cuello, no consigue opacar la sensación de ser prisionero de las celdas de su hoja de cálculo.

Tres.

Son las diez de la mañana. Frente a la máquina de coser, Marlene lleva ya seis horas armando con cuidado las piezas de un vestido de novia que no es para ella. Ella jamás tuvo uno; en parte porque nunca le habría alcanzado el dinero para toda aquella tela, encajes y brillantes, tan costosos, y en parte porque nunca tuvo una boda. Sola, con dos hijas que mantener, Marlene sólo piensa en los centenares de canutillos y de perlas que tendrá que bordar sobre aquella falda inmensa, del tamaño exacto de las cuentas por pagar. Los pinchazos del cansacio en la parte baja de la espalda no consiguen distraerla de tanta libertad, para hacer equilibrio en la punta de una aguja.

 
(Un ejercicio de taller, hecho teniendo como disparador la frase “ganarse la vida”).

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