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Seis lecciones de mi primer año como freelancer

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La foto (y la oficina) es de Anile Prakash, bajo licencia CC BY NC ND 2.0.

Hace algunas semanas cumplí un año de haber renunciado a mi trabajo de 8 a 5 (y en buena medida, también a ser abogada), para intentar construir un sistema que me permitiera ganarme la vida sin entregarla a cambio. No he pedido demasiado, creo yo, y en la medida de ese modelo, gran parte del ¿éxito? que he tenido este año radica en que he reducido mis gastos al mínimo en un intento de tener tiempo libre para leer, para escribir, para dibujar o para echarme panza arriba y pensar en las musarañas.

Como en la vida, por supuesto, ciertas condiciones aplican, y lo que he hecho yo durante este año posiblemente no sea replicable de manera idéntica para nadie más. Pero en ese dejarme llevar por el oleaje (que para una obsesiva del control, como yo, es quizá lo más difícil que haya hecho jamás) he logrado destilar algunos principios que copio acá, en parte para no olvidarlos en momentos de mayor agitación, y en parte porque quizás puedan serle útiles a alguien más.

1. Encuentra el balance entre “sí” y “no”.

Unos nos dicen que digamos “Sí, Señor“, y otros, que no digamos sí cuando queramos decir no. Aunque parezcan consejos contradictorios, ambos son completamente válidos dependiendo de a quién vayan dirigidos. Es tan riesgoso decir que sí absolutamente a todo (un riesgo que alguien que “mata tigres” puede correr, debido al temor de rechazar trabajo y que luego no llegue nada nuevo), como decir que no por temor (por ejemplo, rechazar un proyecto porque se encuentra fuera de tu zona de confort, a pesar de que podrías hacerlo aunque implique aprender una o dos habilidades nuevas). El balance entre comprometerte en exceso (y tener que fallar o quemarte) y quedarte encogido en un rincón por miedo, es delicado y frágil, y supongo yo que cada quien debe encontrar su punto idóneo.

2. Siempre, siempre, siempre, cobra anticipo.

No importa cuánto confíes en tu cliente: siempre, siempre, siempre, cobra anticipo. Para empezar, un cliente que de veras merezca tu confianza no se ofende porque requieras anticipo, sencillamente comprende y respeta que éste es tu trabajo. Con todo lo autoayuda que pueda sonar, la primera persona que debe respetar tu trabajo eres tú mismo. Sea como sea, ésta es una lección que tarde o temprano terminarás aprendiendo por tu cuenta, cuando hayas trabajado mes y medio en tres proyectos distintos y te encuentres sin un centavo y sin saber cuándo te van a pagar el trabajo que ya entregaste.

3. Usa el pensamiento lateral.

Si no tienes una profesión específica que se preste a trabajar como freelancer (digamos, diseñador gráfico) es más que probable que necesites usar tu pensamiento lateral para buscar otras cosas que sabes hacer y en las que quizás no hayas pensado. Cuando abrí un perfil en PeoplePerHour para ofrecer algunos servicios como freelancer (traducción de documentos legales, maquetación de ePub), me encontré con este video, que es básicamente un anuncio del sitio web pero que explica lo que quiero decir:


Es probable que tengas que hacer más de un tipo de cosa para poder salir adelante. No tengas miedo a eso.

4. Reserva tiempo para descansar.

La gente como yo suele sentir que tiene que estar trabajando todo el tiempo, y una cosa que me ha costado es aprender a respetar los fines de semana (bueno, los domingos; los sábados aún suelo estar trabajando), poder sentarme a leer un libro sin tener una voz en la parte de atrás de mi cabeza diciendo “deberías estar trabajando ahora”. Pues resulta ser, señores, que ningún ser humano puede trabajar siete días a la semana sin estropearse en algún punto, física, emocional o psíquicamente, y a largo plazo no es negocio trabajar tres semanas corridas y acabar con tu salud. ¿No es mucho más inteligente dedicarle cinco días al trabajo, descansar cuando haga falta y poder seguir funcionando normalmente durante muchos años? Aparte, ¿no era ése precisamente el punto, que queríamos trabajar para vivir y no vivir para trabajar? Bueno, se nos olvida.

Aparte del tiempo libre, tener proyectos personales también ha resultado ser importante. Trabajar en casa es muy solitario, e incluso para la gente naturalmente solitaria, como yo, puede traer fases depresivas, y en esos momentos es importante tener metas personales (no de tus clientes, personales). Y bueno, tomar sol y comer bien, y todas las cosas que ya dije en el post sobre la depresión. Cuidar de ti mismo debería ser tu prioridad.

5. Presupuesta y prioriza.

Esto guarda relación con el punto anterior, porque el tiempo también es finito y deberías presupuestarlo. En cuanto al dinero, en cierto momento comprendes que es importante no vivir al día. Éste es un hábito que se pega cuando uno ha trabajado para un jefe y depende de una quincena, pero cuando trabajas por tu cuenta, debes saber que pueden pasar algunos meses sin que te llegue trabajo, y planear de acuerdo con eso. Es importante que tengas claro cuánto dinero necesitas para vivir, y que ese presupuesto sea realista (digamos, que tenga en cuenta imprevistos, enfermedades y la inflación). Aunque no siempre es posible, tener un fondo que te alcance para vivir al menos algunos meses implica estabilidad, tranquilidad y cierta libertad de acción.

6. Deslígate de las expectativas ajenas

Por último, pasados los primeros meses te acostumbrarás a la pregunta de “¿a qué te dedicas?”, y, como decía, a menos que tengas una profesión muy específica, la respuesta quizás no sea tan sencilla. En mi caso, la respuesta es un gran arroz con mango, y con frecuencia no tengo ganas de explicarlo sencillamente porque soy asocial. Aunado a esto, tendrás que enfrentarte con la noción de que las personas que te rodean creen que no trabajas, o que tienes todo el tiempo libre del mundo y puedes acompañarlos a media mañana de un miércoles a hacer cola en la oficina de la electricidad, o qué sé yo. Y a pesar de que a veces puede ser cierto, que quizás ser freelancer te otorga cierta libertad para salir a tomarte un café a media tarde o al cine en horario de matinée, eso también significa que frecuentemente no puedes separarte de la computadora ni para almorzar porque tienes que entregar este trabajo ya. Sea como sea, el punto es el siguiente: no te desgastes intentando que los demás lo entiendan. Déjalo ir. Sonríe, sé zen, lo que te resulte, y si hace falta, apunta con suavidad que estás ocupado hoy. Pero no te desgastes, ni midas tu satisfacción personal y tu sentido del éxito por el hecho de que tus conocidos no saben la diferencia entre freelancer y desempleado.

Ésta es tu vida, y tus decisiones deben estar en conformidad con la manera en la que tú hayas decidido vivirla, no los demás.

Ahora, ponte a trabajar, mira que es lunes a media mañana y tú estás aquí leyendo mi blog.

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Boceto de una estrategia contra la depresión

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Fotografía de Víctor Casale, en Flickr, bajo licencia CC BY 2.0

Desde hace muchos años lucho contra la depresión. Va y viene, y a veces se estanca. Desde el primer post en este blog, hace casi siete años, estaba luchando contra ella; de hecho comencé el blog cuando estaba tomando fluoxetina (una forma de Prozac), y lo dejé al poco tiempo porque me hizo más daño que bien.

La depresión no es lo mismo que la tristeza. La depresión te inhabilita, te hace sentir que nada tiene sentido, que no vale la pena levantarse; te insensibiliza, hace que las cosas que amas no te emocionen.

Por estos días vengo viendo que mucha gente a mi alrededor está deprimida, ya sea de manera pasajera o más permanente. Obviamente, si es posible buscar ayuda (un terapeuta, por ejemplo) es lo mejor, y esto no pretende reemplazar la ayuda profesional. Pero yo ya pasé por los antidepresivos, y no quiero volver, y eso me hizo tomar control del asunto e intentar una estrategia que me ayude a salir del pozo sin medicamentos. Cambios sencillos, en la vida cotidiana, para ir poco a poco sintiéndome mejor. Todo lo que leerás en esta lista lo investigué, no me lo saqué de la tapa de la cabeza, y lo he probado en las últimas semanas (algunas cosas han ayudado más que otras, pero todas han tenido algún impacto). De modo que va la lista, por si a alguien le sirve:

1. Cambios en la alimentación. Yo tengo esta lista pegada en la puerta de la nevera, e intento incluir al menos uno de estos alimentos en cada comida: aguacate, salmón, sardinas, atún, toronjas, naranjas (cítricos en general), cambures, manzanas, avena, frutas secas, nueces, brócoli, champiñones, lentejas, garbanzos, arroz integral, papas, té verde, chocolate.

2. Mantener una rutina. Se hace difícil si no tienes ganas ni de levantarte de la cama, pero a veces ayuda aunque sea tan sólo levantarte y acostarte a la misma hora todos los días, y mantener ciertos hábitos consistentes de higiene.

3. Ejercicio. Yo estoy saliendo a caminar todos los días que me es posible, por una hora aproximadamente, temprano en la mañana. Eso también me ayuda a establecer una rutina, y encuentro que los días que lo hago me siento mejor. Además ayuda con el siguiente punto:

4. Luz solar. La falta de vitamina D, consecuencia de la carencia de luz solar, es terrible para la depresión (y para un montón de cosas en el organismo). Aparte de salir un poco, intenta que el lugar donde vives o trabajas esté bien iluminado. Abre las ventanas.

5. Dormir lo suficiente. Tanto dormir poco como dormir demasiado son peligrosos. Alrededor de 7,5 horas es lo ideal, aunque puede variar un poco dependiendo de la persona. Lo de tener una hora fija para dormir y despertar también ayuda a dormir mejor.

6. Haz cosas divertidas. Parece un poco obvio, pero llega un punto en el que nada parece verdaderamente divertido. Ve películas de comedia. Pon música y baila, si eso te gusta. Visita a tus amigos (a ésos que te hacen sentir mejor, no a los nube negra). Lo que sea que te haga reír. A veces no funciona a la primera: sigue intentando.

7. Yoga o meditación: Sí, a mí también me parecía una estupidez, pero la meditación ayuda muchísimo (y el yoga sirve como ejercicio, ver punto 3). Si tienes un teléfono Android y más o menos entiendes inglés, te recomiendo una app que se llama Buddhify; es la que yo uso y no quita mucho tiempo. (Nota del 03/04/2014: Aparentemente Buddhify ya no está disponible en la PlayStore; aún está en iOS (website), y algunos mp3 se pueden descargar a manera de muestra. Una app mejor es Headspace, pero es paga después del día 10. Puedes probar los diez primeros días y luego decidir si comprarla o no).

8. Mantener tus alrededores ordenados y limpios. El entorno afecta más de lo que uno cree o está consciente de ello; intenta mantener tu casa en las mejores condiciones posibles. El desorden externo refleja desorden interno, y hace que tu cerebro se sobrecargue de información, lo que también genera un efecto negativo.

9. Usa ropa alegre, escucha música alegre y mantén tu apariencia lo mejor posible. Sí, también parece superficial, pero si te vistes de negro y te asustas cuando te ves al espejo, créeme que eso tampoco ayuda.

10. Haz cosas nuevas. Esto requiere un esfuerzo adicional, es cierto, pero las nuevas experiencias sirven para “despertar” los sentidos adormecidos. Busca algo que siempre hayas querido hacer y hazlo ahora.

Fuera de esto, lo único que te puedo recomendar es que, si necesitas ayuda, la busques. Solemos tardarnos mucho pensándolo, y la situación va empeorando, y además, en el fondo puede ser que sintamos vergüenza por estar constantemente deprimidos, y culpa por nuestros seres queridos. No dejes que eso sirva de excusa para no buscar apoyo.

Si tienes cuenta en Twitter, puedes seguirme: allá soy @mariannedh, y comparto enlaces interesantes a medida que me los voy encontrando. También puedes suscribirte al blog por RSS o por correo electrónico si no quieres perderte nada.

 

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Brevísima historia de un país en contraflujo

Había una vez un país donde la gente no usaba los semáforos. Ambos vivían sus existencias independientes, como en dos planos de la realidad, los semáforos, tres metros por arriba de las cabezas de las personas que, abajo, discurrían sin mirarlos, sin pensar en ellos, sin recordar siquiera que existían. Sigue leyendo

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Tanto, tanto ruido

Va sin acentos por culpa de Android

“Ruido de tenazas, ruido de estaciones, ruido de amenazas, ruido de escorpiones. Tanto, tanto ruido.” (Joaquin Sabina)

Deambulo por los pasillos, por las calles, por los museos, buscando un lugar para escribir. Encuentro un jardin bonito, bien iluminado, compro un cafe, me siento. Cinco minutos, tres lineas luego, un anciano aparta una silla de mi mesa y se sienta. Me pide la hora. Luego, comienza a hablar de una mujer a quien le dieron un tiro. Un tiro en el pecho, dice, aqui, aqui. La sangre le bajaba por el brazo. Una santa, dice, era una santa. Verdad que era una santa? Un tiro en el pecho, tenia…
Busco cualquier excusa y me levanto en busca de otro sitio. Encuentro un banco de cemento, amplio, mucho mas lejos, solo. Me siento. Tres lineas luego, una pareja se sienta a mi lado. Son jovenes. Durante un rato permanecen en silencio. Intento seguir escribiendo a pesar de su presencia. A los pocos minutos ella dice, en tono de reclamo, ?Entonces? Entonces, nada, dice el. Trato de aislarme, pero me llegan fragmentos de su disputa, y sus voces se van alzando mas y mas. Todo contigo es un problema, dice el, uno te dice mira, mira este libro y vos que, que miras, vos miras todo menos a mi, y ella dice, Vos no sabes comprometerte, yo no entiendo que haces conmigo si tanto te molesto, y el dice Cortala, todo el mundo te esta escuchando.
Me levanto y me voy una vez m?s. Encuentro otro lugar. Una mujer con un bebe llorando. Encuentrl otro lugar. Un discjockey frustrado, de los que ponen reggaeton a todo volumen con los altavoces de sus celulares.
Me levanto y me voy. En la habitacion -lo se- me esperan los taladros hidraulicos de la construccion.
Hoy no es el dia, me digo, y me resigno.

Publicado desde WordPress para Android

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Acción de gracias para sustituir las quejas

Hoy amanecí quejándome y con el corazón aguarapao. Es uno de esos días en que los retos que uno se plantea lo sobrepasan, y en los que duele no tener cerca a la gente más importante en tu vida para que te tomen de la mano y te digan que todo va a estar bien.

Ya sé que San Valentín es una fecha estúpida inventada por las corporaciones para vender chocolates y peluches al triple de lo que valen. Pero después de año y medio de una relación a distancia que sólo puede sostenerse porque es el fucking amor de tu vida, a uno se le aguan los ojos rapidito cuando resulta que no es tan fácil hacer esas tres horas de viaje para estar juntos en los momentos importantes (en las fechas inventadas por las corporaciones, o los días que uno se sube a un escenario para hacer algo que nunca ha hecho antes).

Total, que a pesar de los ojos aguados, los años van pasando y uno gana miligramos de sabiduría, y aprende a respirar profundo y a aprovechar el día para agradecer las bendiciones que ha recibido sin merecérselas.

Haber conocido a tu alma gemela a una edad demasiado temprana y haber sobrevivido a tanta estupidez.

Tener una familia de locos que te proporcionan apoyo y amor incondicional, aunque no siempre te comprendan.

Haber hallado el trabajo perfecto tan pronto, aunque uno no pueda comprarse casa ni escalafón, pero que te den ganas de ir a trabajar por las mañanas.

Mis escasos y geniales amigos cercanos, mis no tan escasos y geniales amigos en la distancia, y mis cientos de amigos imaginarios que me acompañan, me dan ánimos, me recomiendan libros, me leen este tipo de melodramas y me apoyan todos los días.

Mis libros, aunque al releerlos me diga que pude haberlo hecho mejor, y aunque en el fondo no esté segura de si realmente podré hacerlo mejor.

El Ávila por las mañanas. El café con leche. La risa de Luisana. La plaza Bolívar. Libros, música y películas,  y el concierto de Drexler el próximo viernes.

Yo. Sí, porque me tengo a mí misma, y eso es algo, ¿o no?

Tú, que me estás leyendo.

Respiro profundo, cuento hasta cien en reversa y me calmo, porque a fin de cuentas, la vida es la sucesión de los días que la forman: los hay buenos, los hay malos y los hay peores, y tener un par de constantes en las que sostenerse ya es más de lo que muchos pueden pedir.

 

Esta noche a las 7:00 p.m., si no me acobardo, estaré en el centro de Caracas participando en un Jam de escritura erótica. El local se llama “Chocolates con cariño” y está ubicado enfrente de Fogade, diagonal a la Plaza El Venezolano.

 

También: Si tienen Twitter, pueden seguirme: soy @mariannedh. Si les interesan mis divagaciones, pueden suscribirse para que las próximas entradas les lleguen por correo electrónico o por RSS.

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Sobre renunciar

(Éste es uno de esos posts escritos en primera persona, de ésos que hacen notar que esto es un diario. Hago esta advertencia para que nadie se sienta defraudado luego de leer esta parrafada).

Cuando uno es extremadamente joven (nótese el extremadamente; yo sigo siendo muy joven) suele tener la extraña noción de que la vida es una suerte de buffet, donde uno se va sirviendo un poco de cada cosa, para probar. Uno quiere mantener las opciones abiertas; uno quiere, básicamente, hacerlo todo. Se es joven y se cree que el tiempo, las energías y los recursos son infinitos, no se quiere renunciar a nada.
Muchos hemos sido educados (por la sociedad, básicamente) para creer que la vida es una suerte de carrera de obstáculos. Logro tras logro; como decía Mafalda, que la vida, en vez de vida, es un escalafón. Se van conquistando metas, un título, un trabajo, un ascenso, una casa, un carro, un matrimonio, unos hijos. Renunciar a cualquiera de esas etapas es visto, por lo general, como un fracaso, y en el mejor de los casos, como un acto de hippismo extremo, un caso de desadaptación.
Pero el caso es que el ejercicio de la libertad es, asimismo, el constante ejercicio de la renuncia. Cada decisión que tomamos, incluso la más prosaica, lleva intrínseco un acto de abandono. Elegir almorzar pollo es, al mismo tiempo, renunciar a la idea de almorzar pescado. Elegir una ciudad, una casa, una carrera, un trabajo, una pareja. Elegir una opción; renunciar a las demás.
Ése, por otro lado, es un ejercicio que cuesta trabajo. Dejar de lado las posibilidades infinitas de nosotros mismos, replicados en otros tantos universos, aquéllos que habríamos sido de seguir otra carrera, de vivir en otra ciudad, de haber tomado aquel trabajo o haber dicho que no a aquel ascenso. Algunos nos aferramos a la idea de aquéllos que aún podríamos ser, o creemos ser malabaristas de circo, pretendiendo controlar tres o cuatro vidas al mismo tiempo.
En este último grupo me encuentro yo. Como algunos ya saben, yo soy abogada, gracias a la insistencia de mis padres en que me hiciera gente seria y sacara una carrera “larga” (una licenciatura), cosa que a fin de cuentas, debo terminar por agradecerles, pues me ha hecho la persona que soy. Yo, bohemia como siempre fui, quería estudiar artes, teatro, diseño gráfico en el mejor de los casos, y quería -siempre quise- escribir. Escribir, desde que tuve uso de razón (¿la tuve? no estoy tan segura) ha sido para mí como respirar. Pero la carrera seria, serísima, del Derecho, me hizo interesarme formalmente por cosas que siempre me interesaron, como la discriminación, la censura, esas cosas.
Trabajé tres años como abogada, y luego me ofrecieron la posibilidad de cambiar bruscamente de carrera y venirme a Caracas, ser editora, trabajar para una institución que he amado desde que aprendí a leer, hacer los libros que había en casa de mi madre cuando yo era pequeña. La acepté sin dudarlo, y no creo que nunca me arrepienta de ello. Desde que me mudé, sin embargo, la Susanita que hay dentro de mí, la que cree que la vida es un escalafón, me decía que debería hacer un posgrado, que tengo más de tres años de graduada. Me inscribí en la Central. Comencé el posgrado en Derechos Humanos (un tema que me apasiona profundamente, con profesores fascinantes además). Estaba extenuada. Llegaba a casa a cualquier hora, no leía, no escribía, no tenía tiempo de nada, siempre tenía sueño. Sólo tenía dos meses de haber comenzado el posgrado.
No escribía.
No escribía.
El sábado cumplí veintiséis años. No es que la fecha ni la cifra, en sí mismas, tengan mucho que ver. Acababa de terminar un intensivo (clases todos los días, de 4:30 a 7:30 pm). Llegaba a la casa a las 8, extenuada. Me salieron un par de canas. Y me hice una pregunta.
¿Dónde me veo en cuatro, cinco años? Pero, sobre todo ¿cómo me veo?
No me quedaba claro. Sé que quiero ser madre en algún momento. Sé que la mujer que me imaginé no era una mujer extenuada, con canas prematuras, que a las 2 am está frente a la computadora redactando una tesis, estresada, tensa, con sobredosis de café.
Y sin embargo, ésa es la mujer que soy en este momento, me dije.
La que me imagino, en mi cabeza, es una mujer feliz y relajada, alegre, una mujer de ésas de comercial de champú, que camina descalza por la grama, sonriendo. Sí, ya sé, eso sólo ocurre en la televisión, pero el tema es que se hagan una idea. Una mujer que se sienta frente a la ventana y escribe, palabra tras palabra, con calma. Una mujer feliz. Esa mujer no le grita a su hijo pequeño porque derramó el jugo sobre la alfombra.
La mujer que yo soy en este momento, seguramente lo haría, si tuviera hijos.
En ese instante algo estuvo claro, y era que necesitaba escribir, por una parte, y necesitaba tomarme la vida de otra forma, por otra. No se trata de que no quiera estudiar nunca más, pero la vida no es una carrera de obstáculos. Y si uno piensa que tiene dos meses en el posgrado, y que terminarlo le tomará alrededor de tres años (y que, por lo visto, serán tres años sin escribir), y siente ganas de llorar, es evidente que algo no anda bien.
De modo que éste es un largo, introspectivo y personalísimo post para explicar por qué decidí abandonar el posgrado, luego de sólo dos meses y medio en clases, y a pesar de haber pagado el semestre con el sudor de mis falanges. Que podría resumirse a decir que lo abandoné porque no era feliz haciéndolo, pero la parte de divagar al respecto era más divertida.
Además, quién quita que todo este sinsentido le sirva a alguien que se esté dejando la vida en algún lugar donde no quiere estar.

(Ah, claro, y por eso fue este post).

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