Instantáneas cotidianas

Para Carlos

En la pared de mi oficina hay un post-it escrito con tu letra. Las palabras que hay en él no son lo importante; es el sentido. Cuando dudo si debo seguir escribiendo, cuando siento que no tengo el talento ni la disciplina para el oficio, miro ese cuadrito de papel y es como si me hablaras a través del tiempo. Creías que sería grande, que de mis dedos saldría una obra importante: me lo dijiste. Aunque no he cumplido los treinta que vaticinabas como umbral para mi éxito, ya sé que te he defraudado. Lo lamento.

No quiero repetir lo mismo que dicen todos, lo importante de tu obra, cómo fuiste un mentor para mí y para decenas de otros aspirantes a escritores, cómo nos guiaste con tu generosidad y sabiduría por los confusos caminos de este oficio. He perdido a mi mentor, pero sobre todo, he perdido a uno de mis más grandes amigos.

Intento recordarte porque temo que te me escapes entre las rendijas de la memoria. Lo primero que me llega es tu risa; esa carcajada estruendosa, musical, resonando en los espacios abiertos de Monte Ávila. Saber que estabas en tu oficina porque escuchaba tu risa. Tu ronda vespertina por nuestros escritorios, saludándonos a todos con la taza de café en la mano, dejándola olvidada en cualquier rincón de la editorial. El regaño en tu mirada cuando nos encontrabas en falta según tus estándares de comportamiento. Tus recomendaciones de lecturas, de películas, de música.

Aún tengo sin leer algunos de los libros que me regalaste. Los leeré pronto, te lo prometo.

Los leeré poco a poco porque ya no estarás para recomendarme alguno más.

Sé que de vez en cuando entrabas a este blog, desde hace muchos años, para ver cómo estaba. Sé que te preocupé con alguna actualización demasiado emo, con la letra de alguna canción suicida hace ya muchos años. No podías evitar analizarnos a todos. Sé que si pudieras hablarme ahora, me volverías a recomendar que encuentre un terapeuta. Una vez más, como con tantos otros de tus consejos, lo estoy considerando.

No sé si terminaste de escribir tu última novela. Estaba esperando leerla; el título que habías elegido -¿lo elegiste, al final?- me encantaba, lo poco que me habías comentado sobre la historia me encantaba. Estaba contando con que leerla me inspiraría, como lo hizo “La flor escrita”. Te dije que era mi novela favorita tuya; te extrañó. Te dije que me había encantado “Los cristales de la noche”; te conmoviste. Me sorprendió que después de tanta trayectoria te conmoviera la humilde opinión de un lector.

Traté de marcharme de Monte Ávila, la casa donde me habías recibido con los brazos abiertos, de la mejor manera posible. Aún creo que lo hice todo bien, excepto que pasó mucho tiempo, demasiado, desde la última vez que te escribí. No me habías contestado el último correo, sabía que estabas sobrecargado y sentía que no quería molestarte, que quizás no fuera bien recibida en Monte Ávila por cuestiones políticas.

Discutíamos. Había cosas que no podías refutarme. La sensación que tenía de no poder seguir trabajando en la editorial, de sentirme constantemente perseguida en el Ministerio, era una de ellas. Sé que lo entendías.

En parte, evitaba escribirte porque tendría que decirte que no había escrito nada en todo el año. Renuncié al trabajo para escribir, y a lo largo de todos estos años, antes, durante y después de Monte Ávila, siempre me reprochaste que pasara el tiempo y no escribiera. No tenía excusas para darte, más que decirte que perdí la magia, lo que fuera que me hacía poner en papel las historias que ocurrían en mi cabeza, el duende, la musa, como quisieras llamarlo. Sabía que no ibas a aceptar esa explicación, así que simplemente evitaba la pregunta.

Le consulté a Juliana sobre tu salud; le pedí que te enviara mi cariño, el testimonio de mi amistad, intacta, a través de la distancia y las diferencias. No sé si en esta última etapa seguí siendo para ti la pupila y la amiga que había sido, pero elijo creer que sí, elijo recordarte alegre, abierto siempre al entendimiento a través de las diferencias, curioso como un niño, testarudo, noble, brillante. Elijo recordarte como te conocí y como te quise.

Desde hace varios días tu recuerdo viene saltando a mi mente, como intentando lograr que me despidiera. No lo hice, y no me lo perdonaré. Nadie está preparado para la partida de un amigo.

Cada vez que me detengo a pensar, se me salen las lágrimas.

Espero que Monte Ávila, la casa que tanto amaste, a la que dedicaste tu vida y protegiste con todas tus fuerzas, pueda encontrar un camino y sobrevivirte, a ti y a todo, y de alguna manera conservar ese espíritu que tanto intentaste salvar.

Espero que tu obra siempre encuentre lectores. Mejor dicho, espero que los lectores sigan, siempre, encontrando a tu obra. Porque tu sonrisa, tu sentido de la ironía, de la sabiduría y de la belleza están en cada una de esas páginas. Para siempre.

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opinología, randomness

Salamat, Cebú

Un dron toma la foto de grupo para el décimo aniversario de Global Voices.

Un dron toma la foto de grupo para el décimo aniversario de Global Voices.

Hace una semana desde que terminó la Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices en Cebú, Filipinas, a la cual tuve la suerte de asistir. Cuarenta horas de vuelo después, llegué a este país convulso y confuso al que llamo hogar, y dormí treinta horas seguidas (en serio) hasta alcanzar algo semejante al equilibrio. No en vano Elena me dijera que el alma y el cuerpo viajan a distintas velocidades: apenas hoy, después de atender algunas responsabilidades urgentes y tomarme el resto del fin de semana para estar sola con mis demonios, alcanzo a poner cierto orden en algunas ideas que rondan mi cabeza desde esa semana hermosa y agitada, en la que tuve la dicha de volver a ver a personas a las que quiero muchísimo y tenía años sin ver, a otras personas a las que quiero muchísimo y nunca había visto en carne y hueso, y a gente a la que no conocía y que ahora considero mis amigos.

Espero publicar en los próximos días (ya sea en español o en inglés) las notas concretas sobre las diversas actividades en las que participé; este post no se trata de eso, sino apenas de dejar constancia del estado emocional -una mezcla de depresión post-summit y gratitud infinita- en el que me encuentro al aterrizar en casa, en la realidad y en el trabajo cotidiano de nuevo.

Global Voices está cumpliendo diez años desde que fue creada por Rebeca MacKinnon y Ethan Zuckerman, y yo tengo la fortuna de colaborar como voluntaria (específicamente con el proyecto Advocacy) desde hace cuatro. De pronto suena a locura semejante compromiso, en particular cuando la gente pregunta por qué entregamos nuestro tiempo y trabajo “a cambio de nada”. Quienes lo ven así, por supuesto, no conocen a Global Voices y no tienen la menor idea de todo lo que recibimos a cambio.

Fotografía por Jeremy Clarke, bajo licencia CC BY NC 2.0

Fotografía por Jeremy Clarke, bajo licencia CC BY NC 2.0

Una familia que llega a cada rincón del mundo

Muchos de los voluntarios de Global Voices son emigrantes en una u otra medida; otros tantos, aunque vivimos en nuestros países de origen, tenemos serios problemas para sentirnos cómodos en cualquier lugar. En parte, creo yo, se debe a la sensación ineludible de que el mundo está mal, profundamente mal, y de que es muy poco lo que podemos hacer al respecto, aunque sigamos intentando. Es por eso que el arraigo, la aceptación y la sensación de comunidad que viene de pertenecer a GV es, posiblemente, nuestra mayor retribución.

//platform.twitter.com/widgets.jsEs algo especial estar en una habitación con más de cien personas y sentirte a salvo, seguro, saber que compartes valores e ideales con todos ellos, saber que todos, incluso los que aún no conoces, son tus amigos. No de una manera estúpida, tarjeta Hallmark, sino de manera genuina: saber que puedes sentarte al lado de cualquiera e iniciar una conversación genuina, tal como cuando teníamos cinco años y para hacerte amigo de alguien bastaba con invitarlo a jugar. Se vuelve fácil cuando todos llevamos el corazón en la mano, cuando aceptamos como algo evidente la buena fe de la gente.

No es necesario, tampoco, estar en una cumbre -se realizan cada dos años- para sentirnos así. Donde sea que haya un GVer, tenemos un lugar. El mundo, de pronto, deja de parecerte extraño: es sólo un enorme, inmenso hogar que aún no has conocido.

Voces para aquellos que no tienen voz

Creo que lo más sorprendente de formar parte de un proyecto que crece de manera orgánica, que se mueve en la medida en la que los miembros de la comunidad cambian, evolucionan y aspiran a cosas nuevas, es darnos cuenta de que los valores en los cuales se funda Global Voices siguen siendo los mismos de hace diez años, y que esos valores siguen guiando nuestras acciones como comunidad, nuestros planes y proyectos, sin importar cuánto cambien las herramientas o cuánto se reconfiguren las redes que construimos.

Creemos en la libertad de expresión: en proteger el derecho a hablar – y el derecho a escuchar. Creemos en el acceso universal a las herramientas de expresión.
Con ese fin, queremos empoderar a todos los que deseen expresarse para que tengan los medios de hacerlo – y para aquellos que quieren escucharlos, los medios para oírlos. ((Del manifiesto de Global Voices))

Para quienes hacemos voluntariado, la vida puede a veces convertirse en una experiencia frustrante y dolorosa. Terminas sintiendo que nada de lo que haces es suficiente, sin importar cuánto te esfuerces. Para mí, pertenecer a Global Voices es de alguna manera un refugio contra esa sensación; estar, al menos por una semana, entre esta gente extraordinaria y sentir que, aunque individualmente quizás resulte difícil, todos juntos somos capaces de lograr cambios reales, de construir cosas duraderas.

2014 fue un año extremadamente difícil para mí, un año que terminé sumida en una profunda depresión y sin ganas de continuar. Por eso, cuando me dijeron que iba a participar en la Cumbre de Global Voices en enero, supe que sólo tenía que resistir unas semanas más, que reunirme con esta gente iba a recargarme las pilas, a restituirme la esperanza, a devolverme las ganas de trabajar.

Como siempre, no me defraudaron.

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