citas cortas y largas

Tener que darle la razón a Coelho [Ouch]

“What everybody is doing these days is recycle the same four universal themes: a love story with two people, a love triangle, the struggle for power and the narration of a trip.”

Paulo Coelho

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citas cortas y largas, randomness, Serendipity

Sal con una chica que no lee

Se supone que este texto es, de algún modo, una respuesta al de Rosemarie Urquico, “Sal con una chica que lea“. Yo sólo lo dejo acá y no digo nada. Las cursivas son mías.

Autor: Charles Warnke
Traductora: Cristina Esguerra
Fuente en español: El Malpensante
Fuente en inglés: You should date an illiterate girl

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

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los libros me devoran

Vergüenza debería darte

Este es un post de vergüenza propia. Acabo de ordenar los estantes de Caracas y estoy en proceso de inventariar las bibliotecas (la de acá y la de casa). Por el momento, sólo he registrado (usando aNobii.com) los libros que tengo y que aún no he leído, y la lista es larga y vergonzosa:

Título Autor
Los pequeños seres Salvador Garmendia
El año de la muerte de Ricardo Reis José Saramago
Relatos Completos Dylan Thomas
Ficciones – El Aleph – El Informe Brodie Jorge Luis Borges
Curso de literatura europea Vladimir Vladimirovich Nabokov
En lo más implacable de la noche Idea Vilariño
El corazón es un cazador solitario Carson McCullers
El doble arte de morir José Balza
Cuentos cubanos contemporáneos Riverón Morales Riverón
Antología de Cuentos Quebequenses en el Fin de Siglo, 1987-2000 Julieta Fombona
La silla del águila Carlos Fuentes
Roald Dahl Jeremy Treglown
La Venganza Es Mía, S. A. Roald Dahl
El Turno del Escriba Graciela Montes, Ema Wolf
Remedio para melancólicos Ray Bradbury
Las voces secretas Antonio López Ortega
La “tournée” de Dios Enrique Jardiel Poncela
La senda de los diálogos perdidos Mario Morenza
Parmenides César Aira
El villorrio William Faulkner
El gran arte Rubem Fonseca
Un bel morir Alvaro Mutis
Pelando la cebolla Günter Grass
El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz Alfredo Bryce Echenique
La balada del café triste Carson McCullers
París era una fiesta Ernest Hemingway
Mal tiempo Pelham G. Wodehouse
El visitante y otras historias Dylan Thomas
El precio era alto 2 Francis Scott Fitzgerald
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas Haruki Murakami
El hombre que lo tenía todo, todo, todo ; La leyenda del sombrerón ; La leyenda del lugar florido Miguel Ángel Asturias
El caso de los anónimos Agatha Christie
Historias de la Calle Lincoln Carlos Noguera
El Amante Marguerite Duras
Una cuestión personal Kenzaburo Oe
El robo del elefante blanco y otras historias Mark Twain
La muerte de Artemio Cruz Carlos Fuentes
Narrativa Completa Dorothy Parker
La invención de Morel Adolfo Bioy Casares

Por favor, no me dejen comprar más libros, sin importar que sean usados y los haya conseguido más baratos que un café de panadería.
Necesito unas largas vacaciones frente al mar y una maleta enorme para poder llevarme todo esto.

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Serendipity

Serendipity: 18/07/2011

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falta de seriedad, ficcionando, notas al margen

Ladrones de historias y cazadores de objetos perdidos

Este post es una suerte de advertencia: Señor, señora, señorita. Si va usted por la calle, sosteniendo una conversación a una distancia no tan prudencial de mis oídos, sepa usted que lo estoy escuchando, y no sólo eso, que estoy tomando nota y que podría usted, o alguna de las personas que aparecen en su anécdota, verse retratadas en algún no tan próximo libro que lleve mi firma.

Es eso. A mí me enseñaron que escuchar las conversaciones ajenas era de mala educación, pero así está la cosa. Uno va por ahí, como decía Neruda, bebiéndose la vida, con los ojos bien abiertos para darse cuenta cuando una historia lo tropiece de frente, o más bien, pase arrollándolo, como un ferrocarril. Como dijo José Urriola en este texto, los escritores se parecen “a esos indigentes que andan por la vida con un carrito de mercado lleno de objetos inútiles: de ventiladores sin aspas, de planchas que no tienen cables, de medias con huecos en los talones y en los dedos, de cajitas de música que perdieron a la bailarina, o acaso de bailarinas solitarias que perdieron la caja de música. ¿Y para qué les sirve eso? Para nada. Pero servirán. Algún día, para algo.

Las dos personas con las que intercambio más palabras en este mundo son mi madre y mi pareja. Gracias al cielo, ambos escriben, así que no se sorprenden ni me miran raro cuando, a mitad de una conversación de la vida real, los interrumpo con algo como: ¡Qué personaje tan bueno! ¿No lo vas a escribir? ¿Puedo escribirlo yo? Del mismo modo, si en mitad de una conversación con alguno de ustedes, me oyen decir eso está buenísimo para un cuento, siéntanse con derecho a mirarme raro. Pero sepan que de todos modos lo voy a escribir.

Sépanlo, señores, y no se extrañen; y si quieren que sus historias permanezcan en el ámbito privado, por favor, no las cuenten en el metro con voz audible: allí es a donde voy para abastecerme de material crudo.

Y para trasladarme al trabajo, claro.

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los libros me devoran, notas al margen

Libros, marcalibros y ex libris

(Antes que nada, pido disculpas por la bajísima calidad de las fotografías, resultado de una combinación inevitable entre la bajísima calidad de la cámara y la bajísima calidad de la fotógrafa. Gracias).

Aquellos de ustedes que son tan kamikazes como para seguirme en Twitter o Google+, quizás hayan visto, en días pasados, alguna foto de las hermosas pilas de libros que tengo por leer, en el ínfimo espacio de la habitación alquilada que ha fungido como mi hogar en este último año. Acostumbrada a contar con más espacio vital, nunca me puse a pensar que los libros pudieran ser un problema, pero así ha sido en cada una de las mudanzas que he tenido que realizar. A Caracas me mudé con un solo libro (dejando todos los demás en casa de mi mamá, en Altagracia), pero pasados once meses y medio, así va la cosa:

El estante de los libros leídos y a medio leer, en Caracas

La sillita de los libros por leer... también en Caracas

La sillita de los libros por leer... también en Caracas

Me llamo Marianne y tengo un problema.

En fin, considerando que eso que ven ahí no es ni la décima parte de lo que trasladé a Altagracia durante la mudanza del año pasado, he decidido que ha llegado el momento de las soluciones radicales. El momento de hacer inventario. De ver cuántos libros tengo y cuáles son; cuáles están prestados o cuáles creo que tengo, pero los regalé y no lo recuerdo; y muy especialmente, de aquellos que tengo, en qué ciudad están. Hora de hacer una tablita en Excel y toda la cosa. Y esa resolución comienza por aquí:

Mis ex libris, recién hechos por mis propias manitas (en el mouse):

Ex libris de colores

Esos papelitos que ven ahí, se pegan en la parte interior de la carátula de los libros, y en teoría, al menos, se identifican con un número, que (en teoría) me ayudará a llevar un control (en la teórica tablita Excel) de los libros que tengo. Eso sólo ocurrirá con aquéllos que esté segura de que no voy a regalar más adelante, y confío en que el inventario me ayudará también a recordar los libros que tengo por ahí y que no he devuelto 😦

Así se ve un ex libris ya pegado.

Así se ve un ex libris ya pegado.

Lo bueno de los ex libris pegados, es que, según qué pegamento se use, se pueden retirar (a diferencia de los sellos, o las anotaciones hechas con tinta).
Ah, y ya que estaba puesta, aproveché para hacerme un par de marcalibros:

Un par de marcalibros

Un par de marcalibros que no se aprecian en la foto

Marcalibros

Marcalibros

Mi álbum de fotos de libros (y cosas relacionadas), que está nuevo pero en crecimiento (como un bebé recién sacado del retén) puede verse en Google Plus, aunque no tengan cuenta, haciendo clic aquí.

 

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