Instantáneas cotidianas, randomness

La colonia interior

El país te coloniza. Ocupa cada mínimo resquicio, sofoca nuestros tímidos intentos por liberarnos, reclamar un espacio interior donde sembrar ideas propias, cultivar sueños, respirar libremente. El país te aprisiona la garganta y aprieta hasta que sólo queda el mínimo necesario de aire; se te mete por los ojos, por los oídos, por la boca, desplaza todos los demás conceptos, ideas, colores. Rojo. Rojo. Rojo. La vida es roja y blanca; el rojo de las pancartas, de las vallas de metros de altura, de las paredes de los edificios gubernamentales, de la sangre de tu prójimo manchando la acera. El rojo del televisor cuando lo enciendes, el rojo de tus párpados cerrados cuando los aprietas fuerte pero el sol los traspasa de cualquier manera. Rojo como la ira de tus conciudadanos siempre a medio milímetro de la superficie, a punto de estallar y llevarte por delante en una ola roja de indiferencia y odio. Rojo como la rabia que sientes creciendo dentro de ti, convirtiéndote en alguien que no eras, destilándose a partir de tantas capas de frustraciones, de humillaciones, de sueños rotos.

El país te coloniza. Pone muros y rejas donde antes no estaban; te domestica de manera insidiosa, recortando la soga un par de centímetros a la vez, cada vez, mientras te acostumbras a tus nuevos límites y los aceptas como propios. Un día ya no recordarás el tiempo en el que eras capaz de pensar por ti mismo, de tener ideas propias, de soñar. Tus sueños son reemplazados por nuevos sueños; ya no aspiras a un carro sino a una barra de jabón, ya no te alegras por un ascenso sino porque conseguiste mantequilla en el abasto y lograste llegar vivo a tu casa otra noche. Pero con el paso del tiempo, ya no lo ves como algo raro. No es posible vivir en estado de alerta todo el tiempo, es necesario normalizar para poder sobrevivir.

El país te coloniza. Ya no recuerdas los tiempos en los que la situación política no transpiraba en todas y en cada una de las decisiones de tu vida, los tiempos en los que el Estado/gobierno no estaba presente en cada aspecto minúsculo de tu existencia, desde hacer mercado semanal hasta tomarte unas vacaciones. Ya no eres capaz de imaginar de qué hablabas con tus amigos antes de que el país se convirtiera en el único tema de conversación posible.

Has intentado a ratos, como un mero ejercicio, poner la mente en blanco, pensar en otra cosa, pero incluso entonces, por negación, estás pensando en el país: tratando de olvidarlo por algunos segundos, tratando de sacarlo de tu mente lo suficiente para que haya espacio para algo más. Pero no es posible, porque ni tu mente, ni tu cuerpo, ni tu vida, te pertenecen. El país te ha colonizado.

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