Fotografía de Zitona en Flickr, usada bajo Licencia CC BY 2.0
cuentos, ficcionando, una historia que no sé hacia dónde va

Lía, #2

Ella no convocaba su recuerdo. Su rostro, sin embargo, seguía apareciéndosele en los lugares menos indicados. Tras semanas sin verlo, se hallaba una tarde, bajando las escaleras del metro, mordiéndose los labios de las ganas de besarlo. Si lo veía un día entre la gente, lo saludaba agitando la mano desde lejos para evitar la posibilidad de cualquier roce. Evadía encontrárselo, tanto como le fuera posible.

Ella no deseaba involucrarse con él de modo alguno. Su cuerpo, sin embargo, difería. Al verlo, un millar de diminutas agujas imantadas se clavaba en su columna vertebral, y en su vientre, una llama minúscula comenzaba a cocerse lentamente.

Un gusano, pensaba. Es como un gusano comiéndose una a una mis ideas. Como cuando se te mete en la cabeza una canción que detestas,y te pasas todo el día cantándola, odiándola, rechazándola cada vez que tu mente se queda en silencio. Era como un gusano comiéndose sus ideas, y al igual que con la canción, desconocía la manera de quitárselo de encima.

Evitaba encontrárselo porque temía que su cuerpo le hiciera contraer una deuda cuyo saldo no pudiera costear. En general, prefería evitar todas las cosas cuyas consecuencias no era capaz de prever: Las deudas, la lluvia, los exámenes médicos, los viajes improvisados, los planes de último momento, las películas de terror.

No podía prever, por ejemplo, encontrárselo de golpe aquella noche a la salida del metro, verse en el interior de sus ojos de abismo y sentir cómo sus pies se encaminaban, a paso de vértigo, hacia el borde del precipicio.

(…)

(Leer Lía, #1)

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una historia que no sé hacia dónde va

Lía, 1

Uno no debe comenzar una historia en el momento en el que el personaje se despierta, y sin embargo, esta historia comienza cuando Lía se despierta de un sueño sin sueños, con la cabeza retumbándole como una orquesta de tambores, con la náusea elevándose desde el fondo de la garganta, y los párpados pesados como un millón de manos tapándole los ojos. Si pudiera acceder a su conciencia por el tiempo necesario, Lía sentiría arrepentimiento por los tequilas de la noche anterior, pero no; hay demasiado silencio en esa nada hinchada que es su cerebro, como un líquido blanco y viscoso en lugar de sus pensamientos, cubriendo lo que deberían ser sus recuerdos.
Lía se revuelve en la cama y se tapa la cabeza con la almohada, pero el contacto con la almohada también le molesta. Las sábanas están calientes y se pegan a su cuerpo; la temperatura de la habitación y de su piel es densa, incómoda. En el cuarto, las pocas cosas en orden revelan el temperamento de límites extremos de Lía ante sus objetos: la guitarra colgada, abandonada, desde hace tanto; los libros ordenados por tamaño y color, y sin embargo, la ropa tirada en el suelo de cualquier modo, los zapatos, las migas, las botellas vacías en el suelo, como si nada importara, porque de algún modo, todo había dejado de importar.
El despertador debía estar por ahí, debajo de algún cojín, donde hubiera caído después de que Lía lo arrojara, irritada, cuando sonó a las seis de la mañana. No le interesaba saber la hora, como tampoco le interesaba el sonido insistente del teléfono en la sala, más allá de lo mucho que le hastiaba su chillido agudo que le taladraba el cráneo; pero no tenía las energías ni las ganas suficientes para llegar hasta él y descolgarlo. En algún momento tendría que saltar la contestadora, pensó, y en efecto, la grabación comenzó y dio paso a la voz de su jefe, quien parecía estar bastante molesto. No sabía si eso le importaba tampoco.

(…)

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