cortito cortito, notas al pie del manual de la vida, randomness

Brevísima historia de un país en contraflujo

Había una vez un país donde la gente no usaba los semáforos. Ambos vivían sus existencias independientes, como en dos planos de la realidad, los semáforos, tres metros por arriba de las cabezas de las personas que, abajo, discurrían sin mirarlos, sin pensar en ellos, sin recordar siquiera que existían.

Había una vez un país donde nada estaba garantizado. El aburrimiento era un lujo que nadie podía permitirse; en cualquier estrato social, las personas iban siempre persiguiendo algo que no podían encontrar, y al hallarlo, luego de un segundo de celebración, reiniciaban su carrera por la siguiente meta. La vida era un juego de caza del tesoro con niveles infinitos y circulares.
Había una vez un país en el que todos los ciudadanos conocían las soluciones, menos los políticos a cargo. Usted se subía a un taxi y podía estar seguro de que el taxista iniciaría un discurso razonado sobre las causas profundas de los problemas del país y las soluciones infalibles que nadie se atrevía a poner en práctica. Esta conversación constituía un pacto social, en el que todos los habitantes jugaban un papel, y cuya mecánica se desencadenaba a través de la frase ritual “Por eso es que el país está como está”.

Había una vez un país cuyos habitantes vivían como tránsfugas, y el carnet de identidad era la no pertenencia. Para ser realmente un nacional, tenías que quejarte, vivir bajo el convencimiento de que en cualquier otra parte se vivía mejor, incluso en un país bombardeado por la guerra. El transfuguismo era el deporte nacional, y sus principales atletas eran políticos y militares.
Había una vez un país donde sólo existían dos leyes: la ley de supervivencia del más apto de Darwin, y la segunda ley de la termodinámica o entropía, que sostiene que todas las cosas tienden a decaer, a corromperse o a deteriorarse con el tiempo. Persistía la creencia de que un sinnúmero de otras leyes se encontraban en vigencia y seguían siendo escritas, pero nadie las conocía, las estudiaba ni las obedecía, con lo cual, aunque se decía que las leyes no eran derogadas por el desuso, en la práctica éste era el efecto.
Había una vez un país conformado por treinta millones de islas que no se conectaban entre sí. Se creía que era un país por falta de pruebas en contrario, aunque esto se debía tan sólo a que hasta el momento, nadie se había tomado el tiempo de recopilarlas.

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