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Los autores sin obra

Ésta es mi respuesta al ejercicio del tema 1 del curso Arte y cultura en circulación: crear y compartir en tiempos digitales. El tema 1 (“Qué es un autor: la (de)construcción histórica del concepto de autoría”) puede leerse aquí.

David Methuen en la obra "Monday Next", ca. 1950-1952. Sin restricciones de copyright conocidas.

David Methuen en la obra “Monday Next”

Desde la promulgación del Estatuto de la Reina Ana (considerado la primera ley de “derecho de autor” en la historia), las previsiones estaban destinadas a proteger a los autores, no de sus lectores o en general, de su público, sino de los editores, que constituían monopolios sobre la impresión de determinadas obras.
La ley de derecho de autor venezolana nos dice que el autor de una obra

tiene por el solo hecho de su creación un derecho sobre la obra que comprende, a su vez, los derechos de orden moral y patrimonial determinados en esta Ley,

No obstante, ya que los derechos de orden patrimonial pueden traspasarse, el titular de los derechos de autor de una obra no siempre es su autor. Estamos acostumbrados a que esto nos parezca normal, ya que el editor de un libro, el productor de una película o de un disco, todos ellos necesitan tener ciertos derechos sobre una obra para poder explotarla comercialmente; lo mismo ocurre con los herederos o derechohabientes, tras la muerte del creador. Sin embargo, esta ficción en la que el “autor” de una obra no es quien, en efecto, la ha creado, se extiende hasta otros ámbitos, siendo que, por ejemplo, en el caso de una obra del intelecto creada bajo relación de dependencia, el “autor” de la obra es el patrono: por ejemplo, en el caso de los artículos académicos e investigaciones llevadas a cabo por personal de una Universidad o Instituto, éste último es quien posee los derechos de autor.
Recientemente, la Universidad de Barcelona fue condenada a pagar una indemnización al Centro Español de Derechos Reprográficos (CEPRO) por el uso de textos educativos “protegidos” por propiedad intelectual, en su campus virtual. A pesar de haber argumentado que el uso de estos textos tiene fines educativos y sin lucro -ya que es una universidad pública-, la Universidad deberá borrar los contenidos y pagar a CEPRO un monto de cinco euros por alumno durante dos cursos, monto que asciende a algo más de 500.000 euros.
En casos como éste, los autores de estos textos son investigadores y académicos que, en general, elegirían la difusión de sus obras si fuera su decisión, pero no lo es, pues estos textos pertenecen a editores y revistas académicas, que, por lo general, aplican una política de embargo según la cual los autores no pueden difundir los textos, subirlos a repositorios de acceso abierto e incluso, en ocasiones, no pueden guardar una copia en PDF del arte final para su propio uso.
Con frecuencia -y esto es una afirmación que hago desde mi experiencia como editora- las personas jurídicas titulares de los derechos sobre una obra, o los herederos del autor, presentan una actitud mucho más cerrada a la difusión de la obra y más proclive a exigir derechos patrimoniales que los propios autores, quienes, cuando son titulares de sus derechos, por la medida general desean la difusión más amplia de su obra, incluso por encima de posibles ganancias financieras.
En mi opinión, al analizar los intereses vinculados al actual sistema de “protección” de derechos de autor, y al analizar los esquemas financieros y los lugares a donde están yendo a parar las ganancias económicas, queda claro que el concepto actual de “autor” en la frase “derecho de autor” no está destinado a proteger los intereses de los creadores de una obra del intelecto, al menos no en primer lugar. En el texto del tema 1 de este curso, ya citado, Evelin hace mención de una alegoría a la paternidad, y por forzado que pueda parecer, es pertinente recordar que uno de los principales atributos de los derechos morales del autor es el derecho de paternidad: la obra de creación intelectual no es una propiedad como lo puede ser una casa o un auto; si hemos de compararla con otro sistema de derechos, una obra es más bien un hijo, tal como nos dice Cory Doctorow:

(…) hay muchas cosas que son valiosas, incluso si no son propiedad. Por ejemplo, mi hija nació en febrero de 2008. Ella no es mi propiedad. Pero vale mucho para mí. Si te la llevas de mí, el crimen no sería “robo”. Si le haces daño, no sería “invasión a bienes muebles”. Tenemos un vocabulario y un conjunto de conceptos legales entero para lidiar con los valores que comprende una vida humana.
Más aún, incluso cuando ella no es mi propiedad, aún tengo un interés legal reconocido en mi hija. Ella es “mía” en algún sentido significativo, pero también cae en el ámbito de interés de muchas otras entidades -los gobiernos de Canadá y del Reino Unido, el NHS, los Servicios de Protección al Niño, incluso su familia extendida -todos ellos pueden reclamar cierto interés en la disposición, tratamiento y futuro de mi hija.
Tratar de meter con calzador el conocimiento en la metáfora de la “propiedad” nos deja sin la flexibilidad y matices que un verdadero régimen de derechos del conocimiento tendría.

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2 thoughts on “Los autores sin obra

  1. Mariana Fossatti dice:

    ¡Excelente post! Muy interesante la cita de Doctorow. No me había puesto a pensar que el concepto de “paternidad” respecto a una obra dista mucho del concepto de propiedad.

  2. maritza flores dice:

    muy interesante el comentario, me obliga a reflexionar respecto a si los derechos de autor no protegen al autor sino a la editorial; entonces, se deberían vigilar los contratos que firman con las editoriales? Y quien protegería a las editoriales?

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