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Los hombres me explican cosas

Desde hace algunos días, me ha sido difícil controlar mi ira por todo el tema de Akin y la “violación legítima“. Cuando me calme un poco, escribiré algo sobre el tema, pero no creo que salga un texto lleno de ecuanimidad. En todo caso, mientras leía diversas cosas relacionadas, me encontré con este texto fabuloso de Rebecca Solnit, publicado originalmente en TomDispatch.com en inglés, y aunque no pude ponerme en contacto con ella y obtener su autorización para traducirlo, confío en que nadie se molestará porque de todos modos lo hice.

Foto: Giudith's Silence, de silvia di.natale, bajo licencia CC BY 2.0 en Flickr

Los hombres me explican cosas

Los hechos no se interponen en su camino

Por Rebecca Solnit

Todavía no sé por qué Sallie y yo nos tomamos la molestia de ir a esa fiesta en la ladera del bosque cerca de Aspen. La gente era mayor que nosotras y sin brillo de una manera distinguida, lo suficientemente mayores para que nosotras, a los cuarenta y tantos, pasáramos como las jóvenes de la ocasión. La casa era genial -si te gustan los chalés al estilo Ralph Lauren-; una cabaña de lujo a 9.000 pies de altura, con todo y cuernos de alce, un montón de tapetes, y una estufa de leña. Nos estábamos preparando para irnos, cuando nuestro anfitrión dijo: “No, quédense un poco más de tiempo para que pueda hablar con ustedes.” Él era un hombre imponente, que había hecho un montón de dinero.

Nos mantuvo esperando mientras los demás invitados se sumergieron en la noche de verano, y luego nos sentamos a su mesa de madera auténtica y me dijo: “¿Entonces? He oído que has escrito un par de libros. ”

Yo respondí: “Varios, en realidad.”

Él dijo, en la forma en la que uno anima al niño de siete años de su amigo para que describa sus prácticas de flauta: “¿Y de qué se trata?”

Se trataban, de hecho, de un buen número de cosas diferentes, los seis o siete libros que habían salido ya para entonces, pero comencé a hablar sólo del más reciente, en ese día de verano de 2003: Río de sombras: Eadweard Muybridge y el Salvaje Oeste Tecnológico, mi libro sobre la aniquilación del tiempo y el espacio y la industrialización de la vida cotidiana.

Él me interrumpió poco después de que mencioné a Muybridge. “¿Y has oído hablar del libro muy importante sobre Muybridge que salió este año?”

Estaba tan atrapada en el rol de ingenua que se me había asignado, que estaba perfectamente dispuesta a considerar la posibilidad de que otro libro sobre el mismo tema hubiera salido al mismo tiempo, y que de alguna manera me lo hubiera perdido. Él ya me estaba contando sobre el libro muy importante -con esa mirada de suficiencia que conozco tan bien en un hombre disertando, los ojos fijos en el borroso y lejano horizonte de su propia autoridad.

Aquí, permítanme decir que mi vida está bien abastecida de hombres encantadores, con una larga serie de editores que, desde que era joven, me han escuchado y alentado y publicado, con un hermano menor infinitamente generoso, con amigos espléndidos, de los cuales se podría decir que -como el secretario en los Cuentos de Canterbury, a quien todavía recuerdo de la clase del Sr. Pelen sobre Chaucer- “con alegría aprenderían y con alegría enseñarían”. Sin embargo, existen también estos otros hombres. De modo que el Señor Muy Importante continuaba hablando con aire de suficiencia de este libro sobre el cual yo debería haber sabido, cuando Sallie lo interrumpió para decirle: “Ese es su libro.” O trató de interrumpirle, de cualquier modo.

Pero él sólo continuó. Ella tuvo que decir: “Esa es su libro” tres o cuatro veces antes de que él finalmente lo entendiera. Y entonces, como si de una novela del siglo XIX se tratara, se puso pálido. Que yo fuera en realidad la autora del libro muy importante que resultó que no había leído, sino que sólo había leído acerca de él en el New York Times Book Review unos meses antes, confundía de tal modo las precisas categorías en las cuales estaba ordenado su mundo, que se quedó aturdido y sin palabras -por un instante, antes de que comenzara a disertar de nuevo. Siendo mujeres, nos situamos educadamente fuera del alcance de su oído antes de echarnos a reír, y realmente, nunca hemos dejado de reírnos.

Me gustan los incidentes de ese tipo, cuando las fuerzas que son por lo general tan escurridizas y difíciles de precisar se deslizan fuera de la hierba y son tan evidentes como, por ejemplo, una anaconda que ha comido una vaca o un elefante que ha defecado en la alfombra.

Cuando River of Shadows salió, un pedante escribió una carta mordaz al New York Times explicando que, a pesar de que Muybridge había hecho mejoras en la tecnología de la cámara, no había hecho ningún avance en la química fotográfica. El tipo no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Tanto Philip Prodger, en su maravilloso libro sobre Muybridge, como yo, habíamos investigado realmente el tema, dejando en claro que Muybridge había hecho algo oscuro pero poderoso a la tecnología de placa del momento, acelerándola increíblemente, pero las cartas al Editor no pasan por verificación de hechos. Y tal vez porque el libro era sobre los viriles temas del cine y la tecnología, los Hombres Que Saben aparecieron de la nada.

Un académico británico escribió en el London Review of Books con todo tipo de correcciones quisquillosas y quejas, todas ellas procedentes del espacio exterior. Criticaba, por ejemplo, que para agrandar la posición de Muybridge, dejé fuera predecesores tecnológicos como Henry R. Heyl. Aparentemente, no leyó el libro hasta la página 202 ni comprobó el índice, ya que Heyl estaba allí (aunque su aporte, simplemente, no fue muy significativo). Sin duda, alguno de estos hombres ha muerto de vergüenza, pero no con la suficiente publicidad.

La pendiente resbaladiza del silencio

Sí, los hombres así critican los libros de otros hombres también, y gente de ambos sexos aparecen en eventos disertando sobre cosas irrelevantes y teorías de la conspiración, pero la frontal y hostil confianza de los totalmente ignorantes, en mi experiencia, tiene género. Los hombres me explican cosas, a mí y a otras mujeres, sepan o no de lo que están hablando. Algunos hombres.

Toda mujer sabe de lo que hablo. Es la presuntuosidad que hace las cosas difíciles, a veces, para cualquier mujer en cualquier ámbito; la que evita que las mujeres hablen, y que sean escuchadas cuando se atreven; la que oprime a las mujeres jóvenes hacia el silencio al indicarles, de la misma forma en que lo hace el acoso, que éste no es su mundo. Nos entrena en la duda y en la limitación hacia nosotras mismas, al igual que ejercita el exceso de confianza sin sustento de los hombres.

No me sorprendería si parte de la trayectoria de la política estadounidense desde 2001 ha sido formada, por ejemplo, por la incapacidad de escuchar a Coleen Rowley, la mujer del FBI que emitió aquellas advertencias tempranas sobre al-Qaeda, y que haya sido formada por una administración Bush a la cual no se podía decir nada, incluyendo que Irak no tenía vínculos con al-Qaeda ni armas de destrucción masiva, o que la guerra no iba a ser un “juego de niños”. (Incluso los expertos masculinos no podían penetrar en la fortaleza de su presunción.)

La arrogancia podría haber tenido algo que ver con la guerra, pero este síndrome es una guerra a la que casi todas las mujeres se enfrentan todos los días, una guerra también dentro de sí misma, la creencia en su superfluidad, una invitación al silencio, una guerra de la cual una carrera bastante buena como escritora (con mucho trabajo de investigación y hechos correctamente desplegados) no me ha liberado por completo. Después de todo, hubo un momento en el que estaba dispuesto a dejar que el Señor Importante y su presuntuosa confianza hicieran rodar mi más inestable certeza.

No olviden que he tenido mucha mayor confirmación de mi derecho a pensar y hablar de la mayoría de las mujeres, y he aprendido que una cierta cantidad de duda es una buena herramienta para la corrección, la comprensión, la escucha, y el progreso -aunque demasiada es paralizante, y la total confianza en sí mismo produce idiotas arrogantes, como los que nos han gobernado desde 2001. Hay un término medio entre estos extremos a los que los géneros han sido empujados, un cinturón ecuatorial caliente de toma y daca en el que todos deberíamos encontrarnos.

Las versiones más extremas de nuestra situación existen, por ejemplo, en los países de Oriente Medio, donde el testimonio de la mujer no tiene peso jurídico, por lo que una mujer no puede dar testimonio de que fue violada sin un testigo varón para contrarrestar el del violador masculino. Lo que raramente existe.

La credibilidad es una herramienta de supervivencia básica. Cuando yo era muy joven y apenas estaba comenzando a comprender lo que el feminismo era y por qué era necesario, yo tenía un novio cuyo tío era un físico nuclear. Una Navidad, él estaba contando -como si se tratara de un tema ligero y divertido – cómo la esposa de un vecino en su vecindario suburbano fabricante de bombas, había salido corriendo de su casa desnuda en medio de la noche, gritando que su esposo estaba tratando de matarla. ¿Cómo, me pregunté, sabía que él no estaba tratando de matarla? Él explicó, pacientemente, que eran respetables personas de clase media. Por lo tanto, su-marido-tratando-de-matarla simplemente no era una explicación creíble para que ella huyera de la casa gritando que su esposo estaba tratando de matarla. Que estaba loca, por otra parte…

Incluso conseguir una orden de restricción -una herramienta legal bastante nueva- requiere adquirir la credibilidad para convencer a los tribunales de que un tipo es una amenaza, y después lograr que la policía la haga cumplir. Las órdenes de restricción a menudo no funcionan, de todos modos. La violencia es una forma de silenciar a las personas, de negar su voz y su credibilidad, de hacer valer tu derecho de controlar sobre su derecho a existir. Alrededor de tres mujeres al día son asesinadas por cónyuges o ex-cónyuges en este país [EEUU]. Es una de las principales causas de muerte entre mujeres embarazadas en los EE.UU. En el corazón de la lucha del feminismo para hacer que la violación, la violación marital, la violencia doméstica y el acoso sexual laboral tengan existencia jurídica permanente como crímenes, ha estado la necesidad de hacer que las mujeres sean creíbles y audibles.

Me inclino a creer que la mujer adquirió la condición de ser humano cuando este tipo de actos comenzaron a tomarse en serio, cuando las grandes cosas que nos detienen y nos matan fueron abordadas legalmente desde mediados de los años setenta; bastante después de mi nacimiento. Y para cualquier persona que esté a punto de argumentar que la intimidación sexual en el trabajo no es una cuestión de vida o muerte, recuerden que la Cabo de la Infantería de Marina Maria Lauterbach, de 20 años, fue presuntamente asesinada por su colega de mayor rango el verano pasado, mientras esperaba a declarar que éste la había violado. Los restos quemados de su cuerpo embarazado se encontraron en el pozo de fuego en el patio de su casa en diciembre.

Escuchar que, categóricamente, él sabe de lo que está hablando y ella no, sin importar cuán importante sea el hecho como parte de una determinada conversación, perpetúa la fealdad de este mundo y retiene su luz. Después de que mi libro Wanderlust salió en 2000, me encontré a mí misma más capaz de resistirme a ser intimidada por mis propias percepciones e interpretaciones. En dos ocasiones en todo ese tiempo, me opuse al comportamiento de un hombre, sólo para recibir como respuesta que los incidentes no habían ocurrido para nada como yo había dicho, que yo era subjetiva, delirante, sobreexcitada, deshonesta -en pocas palabras, femenina.

La mayor parte de mi vida, habría dudado de mí misma y me habría echado atrás. Tener una imagen pública como escritora de Historia me ayudó a mantenerme firme, pero pocas mujeres consiguen ese impulso, y miles de millones de mujeres deben estar por ahí en este planeta de seis mil millones de personas escuchando que se les diga que no son testigos confiables de sus propias vidas, que la verdad no es de su propiedad, ni ahora ni nunca. Esto va mucho más allá de los Hombres Que Explican Las Cosas, pero es parte de un mismo archipiélago de arrogancia.

Los hombres aún me explican las cosas. Y ningún hombre jamás ha pedido disculpas por explicarme, equivocadamente, cosas que yo sé y ellos no. Todavía no, pero de acuerdo con las tablas actuariales, puedo tener otros cuarenta y tantos años para vivir, más o menos, de modo que podría suceder. Aunque no estoy conteniendo la respiración.

Mujeres luchando en dos frentes

Pocos años después de aquel idiota en Aspen, yo estaba en Berlín dando una charla, cuando el escritor marxista Tariq Ali me invitó a una cena que incluía a un escritor y traductor varón y tres mujeres un poco más jóvenes que yo, que permanecerían deferentes y mayormente silenciosas a lo largo de la cena. Tariq fue genial. Tal vez el traductor estaba molesto de que yo insistiera en jugar un papel modesto en la conversación, pero cuando dije algo acerca de cómo Mujeres en Huelga por la Paz [Women Strike for Peace], el extraordinario y poco conocido grupo antinuclear y pacifista fundado en 1961, ayudó a derribar el cazador-de-comunistas Comité de la Cámara de Actividades Antiamericanas, HUAC, el Sr. Muy Importante II se burló de mí. HUAC, insistió, no existía en la década de 1960 y, de todos modos, ningún grupo de mujeres desempeñó un papel en la caída del HUAC. Su desprecio era tan fulminante, su confianza tan agresiva, que discutir con él parecía un espantoso ejercicio en futilidad y una invitación a más insultos.

Creo que estaba en nueve libros en ese momento, incluyendo uno que saqué de documentos primarios y entrevistas acerca de Mujeres en Huelga por la Paz. Pero los hombres que explican todavía asumen que soy, en una especie de metáfora obscena de impregnación, una vasija vacía para ser llenada con su sabiduría y su conocimiento. Un freudiano afirmaría saber lo que ellos tienen y a mí me falta, pero la inteligencia no se encuentra en la entrepierna -incluso si usted puede escribir una de esas largas y melifluas frases musicales de Virginia Woolf sobre el sometimiento sutil de la mujer, en la nieve, con su pene. De vuelta en mi habitación de hotel, busqué un poco en Google y encontré que Eric Bentley en su historia definitiva del Comité de la Cámara sobre Actividades Antiamericanas otorga crédito a Mujeres en Huelga por la Paz por “asestar el golpe decisivo en la caída de la HUAC”. En la década de 1960.

Así que abrí un ensayo para el Nation con este intercambio, en parte, como un llamado a uno de los hombres más desagradables que me han explicado cosas: Amigo, si está leyendo esto, usted es un ántrax en la cara de la humanidad y un obstáculo para la civilización. Sienta la vergüenza.

La batalla con los Hombres Que Explican Cosas ha pisoteado a muchas mujeres -de mi generación, la generación emergente que tanto necesitamos, aquí y en Pakistán y Bolivia y Java, por no hablar de las innumerables mujeres que vinieron antes que yo y a las que no se les permitió entrar en el laboratorio, o en la biblioteca, o en una conversación, o en la revolución, ni siquiera en la categoría denominada humana.

Después de todo, Mujeres en Huelga por la Paz fue creada por las mujeres que estaban cansadas ​​de hacer el café y tipear y no tener voz, ni rol de toma de decisiones, en el movimiento antinuclear de los años 1950. La mayoría de las mujeres pelean guerras en dos frentes, uno para cualquiera que sea el tema y una simplemente por el derecho a hablar, a tener ideas, a ser reconocida en posesión de hechos y verdades, de tener valor, de ser un ser humano. Las cosas han mejorado, pero esta guerra no terminará en mi vida. Todavía estoy luchándola, para mí sin duda, pero también para todas aquellas mujeres más jóvenes que tienen algo que decir, con la esperanza de que logren decirlo.

Rebecca Solnit es autora de 15 libros, incluyendo dos que saldrán el próximo año, y colaboradora habitual de TomDispatch.com, donde este artículo fue originalmente publicado en inglés.

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3 thoughts on “Los hombres me explican cosas

  1. E Cazes dice:

    20vo párrafo: “… para hacer que la violación, la violación, la violación marital, la violencia doméstica y el acoso sexual laboral tengan existencia …” Sacar una “violación”

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