ficcionando, notas al margen, qué cosas ¿no?, randomness

Margarita: Crónica de viaje, playa, premio, barquito y ferry.

La semana pasada, por fin, me tocó tomarme unos días de descanso frente al mar, en la siempre bella isla de Margarita. Como saben los que me ven con frecuencia, estaba insoportablemente cansada, clamando por unas olas que se llevaran mi estrés y mi agobio. El lunes llegamos a la isla, José Luis y yo, luego de un proceso de embarque espantoso en el horrible y kafkiano aeropuerto de Valencia (escribiré un cuento sobre él en algún momento, aunque no lo parezca, será sobre él) y un vuelo no tan malo (quizás porque era el vuelo que nos sacaba de ese aeropuerto horrible). La cosa empezaba bien, al menos. Ya el martes me sentía mejor, aunque el mar estaba bastante picado y yo no sé nadar, pero el hotel era agradable, la comida era buena, y el agua del mar cura todas las penas (miren, me salió en verso).

El miércoles recibí una llamada a eso de las nueve de la mañana. Me llamaba el equipo organizador de la I Bienal Nacional de Literatura Gustavo Pereira, para decirme que había ganado el premio en narrativa, con mi libro Historias de mujeres perversas. La premiación era el sábado, en Margarita, y nosotros teníamos un vuelo de regreso el viernes. Había problemas que debían ser resueltos. La gente de la bienal nos daba hospedaje, pero nosotros teníamos que resolver el traslado.

Pasamos el miércoles y el jueves en eso. Por supuesto, no hubo forma de cambiar el vuelo, y ya a última hora, tuvimos que decidir entre no ir a recibir el premio, o regresarnos el domingo en ferry. La cosa es que uno no recibe premios todos los días, ni siquiera todos los años, así que bueno, ferry será. Los detalles tortuosos del viaje larguísimo (salimos de Margarita el domingo a las 11 am, llegamos a Puerto La Cruz a las 3:30 pm, a Valencia a las 4:00 am del lunes, y a Caracas el martes a las 9:00 am, directo a la oficina) se los debo, porque tampoco la idea es matarlos del aburrimiento. El punto al que voy es éste:

A principios de este año, estaba haciendo un postgrado que me encantaba, pero que me estaba matando del cansancio y no me dejaba escribir. Un par de meses después tomaba la difícil decisión de renunciar, de entender que no podía hacerlo todo y elegir la literatura. Había dos libros taladrándome la cabeza y la paciencia; el primero de ellos, que terminé de escribir hace apenas unos meses, es Historias de mujeres perversas.

Los últimos meses, a pesar de haber recuperado cierta paz mental (la paz mental que da haber tomado una decisión definitiva, sea o no sea la correcta) me sumergí en la duda, las dudas que siempre me agobian con respecto a mi vocación. El temor de estar perdiendo mi tiempo, el miedo a la página que no está en blanco, sino con un montón de letras que no dibujan lo que quiero, el miedo, definitivo y categórico, a no tener el talento necesario para enfrentarme con tanta incertidumbre, con retos tan grandes como los que el presente y el futuro me plantean. Ahora, sin que se me haya inflado el ego por el logro (mi ego tiene pinchazos como los cauchos, y no permite que el aire se quede demasiado tiempo dentro), tengo un tótem: el barquito de madera que me dieron en la premiación, que me recuerda que escribir es algo serio, que hay posibilidades, esperanzas, pero sobre todo, que lo que cada quien tiene para contar nadie más puede contarlo.

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