Instantáneas cotidianas

Instantáneas cotidianas

El escenario es un autobús de ruta interurbana, de Caracas a Altagracia, de ésos que, por mis predios, llamamos recogelocos. Como ambiente musical, ha sonado un vallenato estruendoso durante las últimas tres horas, y yo, sentada en el asiento más sucio y destartalado que puede ser concebido por la mente humana, doy gracias al inventor de los tapones para los oídos.

Unos doscientos metros antes del túnel de Los Ocumitos, poco antes de llegar a Caracas, el autobús se detiene de pronto y el vallenato también. Me quito los tapones, preocupada, porque -como sabe cualquiera- el único motivo para que el vallenato haga silencio en un recogelocos, es que el autobús se haya accidentado. Sin embargo, pasan cinco, diez, quince minutos, y nadie parece estar revisando el bus. Quizás no estemos accidentados. Los pasajeros se inquietan, y yo, como pasajera que soy, también. Trato de ver algo, noto que, delante de nosotros, otro recogelocos está estacionado. Me parece que estamos detenidos para auxiliarlos, aunque nadie nos dice nada.

Cinco minutos más, y el chofer y el colector se suben y retoman la marcha. Justo antes de entrar en el túnel, el chofer se vuelve hacia nosotros y nos dice:

– Nos paramos para ayudarlos, ¿ve? Porque la otra vez, nosotros nos accidentamos y él pasó y siguió de largo como si nada. Entonces me paré a ayudarlo, pa’ que aprenda que uno tiene que ser bueno, que uno no lleva cochinos…

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